VEINTE AÑOS DE AGNES

VEINTE AÑOS DE AGNES

 (Fragmento)

GANADORA DEL PREMIO DE TEATRO DE LA CIUDAD DE SAN SEBASTIAN

 

SINOPSIS:  Agnes y Albertina, su homicida amiga que se hace llamar a sí misma “Profesora de arte y vida”, esperan la llegada de Max una noche de lluvia. El retraso del marido de Agnes es aprovechado por Albertina para inducirla a la duda, al reconocimiento del tedio matrimonial y a aceptar unos nuevos valores que, bajo el nombre de Libertad, la harán iniciarse en el espinoso camino de su independencia.

El objetivo es el de aprovecharse de su marido, su casa, sus costumbres y su pasado que tanto parece despreciar.

El detonante final, será el asesinato de Albertina, requisito indispensable para superar a su maestra y convertirse así en su propia guía y tutora.


 

ACTO I

 

Noche de invierno. Interior de una casa. De frente (de cara al público) hay un sofá donde está sentada Agnes, una mujer cuarentona, haciendo punto. Una cálida atmósfera suaviza el ambiente. A la derecha de Agnes hay otro sofá perpendicular, donde está sentada Albertina de perfil. Albertina es también de la misma edad que Agnes y la contempla sin hacer nada mientras ésta hace punto. Hay una mesa centro donde Agnes tiene una bolsa con sus cosas.

 

ESCENA I

 

ALBERTINA: A ver...¿Y esto de quién es?: “Paseaba sus ojos desalentados sobre el yermo de su existencia, oteando la lejanía, como un marinero en peligro”

 

AGNES: (sin dejar su trabajo) Pero ella no era libre, era esclava de su ambición.

 

ALBERTINA: Déjate de comentarios. Primero a lo que vamos.

 

AGNES: Bueno, me estás dando modelos de personajes liberados. Pues éste no creo que sea uno de ellos.

 

ALBERTINA: ¿Pero de quién es?

 

AGNES: Flaubert...y la que es esclava de su ambición no merece el apelativo de mujer liberada.

 

ALBERTINA: ¿No es, acaso, la ambición un principio básico de libertad?...

 

AGNES: La ambición es un gesto violento y la libertad requiere paz. Es como...¿cómo podría decirlo? (mirando al techo)...como querer dormirse rápido.

 

ALBERTINA: ¿Y esta otra?

 

AGNES: Por cierto, no me has hablado de tu hijo, ¿sigue en Egipto?

 

ALBERTINA: ¿Vas a estar por la clase? Luego te hablo de mi hijo.

 

AGNES: (volviendo a su tarea) Como quieras, pero no me gusta nada eso de dejarle que vaya por el mundo así, con lo bueno que es...Me recuerda a su padre.

 

Albertina levanta la cabeza sorprendida.

 

ALBERTINA: Haz el favor de callarte o volvemos a las jarchas.

 

AGNES: Qué sensibilidad la tuya, a veces no se te puede decir nada.

 

ALBERTINA: Todo lo tuyo es informarte sobre mi vida, parece que me tengas envidia.

 

AGNES: Es que tanto avión, el pobre. ¿Por qué no le metes a estudiar con las monjas ursulinas y te dejas de ese tipo de educación errante?

 

ALBERTINA: Bueno (cambiando de tema) ¿Y esta otra? (pensando) “Necesito estar sola para estudiarme a mí misma y a cuanto me rodea; por lo tanto, no puedo continuar a tu lado”

 

AGNES: (sin mirarla) Ibsen

 

ALBERTINA: ¿Ves como comprendes lo que quiero decir?

 

AGNES: (levantando la cabeza ingenua) ¿Qué es lo que quieres decir? ¡Buf! tengo la cabeza como un bombo. Me encantaría tener una poesía mía. (mirando hacia lo infinito, hacia el vacío de su melancolía) ¿Te imaginas que algún día pueda recitar una poesía mía?

 

ALBERTINA: ¿Cuánto hace que tú y él no habláis de algo grave?

 

AGNES: (despreocupada y volviendo a la labor) No ha habido hasta ahora nada grave que tratar. Vaya (cambiando de tema), me he equivocado (pensando para sí) ¿Me habré vuelto tonta?...(tejiendo) París... Bruselas...Albacete (mirando a Albertina de nuevo) Últimamente hay muchos atentados en Egipto, ¿a quién se le ocurre mandar a su hijo allí? Luego lo de las guerrillas y todo eso...

 

ALBERTINA: (recitando afectadamente) “El mundo se transforma en sueño...”

 

AGNES: (mirándola) Tómate una copa, te han bajado los colores.

 

ALBERTINA: Si no me contestas, lo que me subirá será la bilis.

 

AGNES: Tengo la impresión de que vienes hoy con una fijación muy concreta.

 

ALBERTINA: (subiendo el tono de voz y marcando más las palabras) “El mundo se transforma en sueño...”

 

AGNES: (la mira por un instante y regresa a su mundo) “...Y el sueño se transforma en mundo” Hacía tiempo que ésta no salía...Novalis.

 

ALBERTINA: (levantándose) Ahora sí que me preparo un trago.

 

AGNES: A mí ponme un anís con hielo. Hoy es viernes. Brindaremos por el fin de semana.

 

ALBERTINA: (sirviendo las bebidas) Desde luego. Cuando una no tiene vida tiene que buscársela como puede. Y la verdad (regresando con los vasos) que entre estas cuatro paredes, buscarse un motivo de felicidad parece cosa de genios.

 

AGNES: La felicidad cabe perfectamente en un vaso de anís (Albertina le alcanza el vaso y se va a mirar por la ventana)

 

ALBERTINA: ¿Cuánto tiempo hace que Max y tú no habláis de algo grave?

 

AGNES: ¿A qué te refieres con esa pregunta? ¿Es otro fragmento a adivinar? ¿No será que, de alguna manera inconsciente, estás preocupada por tu hijo? La verdad es que yo me preocuparía. Cuatro paredes no le sentarían nada mal. A veces si uno no se impone una celda...Claro que para eso están los padres.

 

ALBERTINA: No, no es otro fragmento. ¿Cuánto hace que un buen drama no os ha venido al encuentro?

 

AGNES: No recuerdo ninguno de esos momentos.

 

ALBERTINA: (cambiando de tema y con ironía) Está lloviendo a mares.

 

AGNES: ¡Ay, sí!...Pobre Max. Tener que volver con esta lluvia...Eso sí que es cosa de genios (mira el reloj) Bueno, a estas horas ya no tanto de genios, Lope de Vega hubiera llegado antes, eso sí.

 

ALBERTINA: (desde la ventana) Por cierto, ¿a qué hora llega?

 

AGNES: (levantando la cabeza y mirando el reloj de su muñeca) Ya debería estar aquí (pensando) Aunque quizás...con esta lluvia...

 

ALBERTINA: (comprobando el teléfono) Sí, pero la línea telefónica funciona perfectamente (cuelga el teléfono y vuelve al sofá con Agnes que la mira interrogativa. Agnes continúa con su punto. Se hace una pausa. Albertina pierde la mirada) En un día como este murió Alejandro.

 

AGNES: Nunca encontrarás un marido como él.

 

ALBERTINA: Aquí el que se queda sin encontrar a alguien es él.

 

AGNES: Mujer, un respeto a los difuntos. Aunque, en realidad, ¿qué más da? Tampoco parecía hacerte mucha falta...¿Sabes una cosa curiosa? (en tono infantil) Eres la única amiga que tengo que tiene un hijo pelirrojo de dos padres morenos. La genética tiene cosas que ni los alemanes.

 

ALBERTINA: (que no ha perdido su concentración) Una nunca sabe. A decir verdad, es triste que tenga que suceder algo tan trágico para que una se dé cuenta.

 

AGNES: ¿Para que una se dé cuenta de qué? (sin darle mucha importancia)

 

ALBERTINA: (mirándose la copa en la mano y pensando) La muerte de Alejandro me abrió ciertas puertas.

 

AGNES: Ahora es cuando yo tengo que preguntar, ¿qué puertas, Albertina?

 

ALBERTINA: (con cara de victoria) Las puertas de la libertad.

 

AGNES: Me lo imaginaba. Sabía yo que me saldrías con una de esas cosas. Siempre te las apañas para hacértelo venir todo a la conversación. Puede que hasta yo sea producto de tu fantasía y que no exista en realidad.

 

ALBERTINA: Estoy hablando en serio, Agnes.

 

AGNES: Tienes cosas de otros mundos. No te entiendo por más que me esfuerzo.

 

ALBERTINA: Me pienso explicar muy bien.

 

AGNES: Para eso sí que sirves, ¿ves? Estoy segura que hasta Alejandro murió convencido de que ese era su día, lo que tiene su lado de virtud. Pero me temo que no hay virtud que no se nutra de la maldad de la otra cara.

 

ALBERTINA: La filosofía oriental no entraba en el programa del curso.

 

AGNES: (sin hacerle caso, levantando la mirada para buscar algo en su memoria y recitando en tono poético) Quisiera vivir un día una vida que soñase.

 

ALBERTINA: Ha llegado el momento en que debes dejar las novelas y pasar a la acción. Ha llegado el momento en el que debes dejar de soñar. El sueño por la vida. ¿No es ese un fantástico cambio? ¿Un cambio positivo?

 

AGNES: Tú me enseñaste a soñar, ¿no es eso? ¿Y ahora...? ¿Qué pretendes hacer? No puedes continuar manejando a la gente como a títeres. Dame un espacio para pensar. Los grandes libros no se escribieron en dos días.

 

ALBERTINA: Quiero que despiertes a la conciencia. Quiero que desarrolles tus instintos, que al parecer no tienes ninguno.

 

AGNES: ¿Has venido entonces a desarrollarme los instintos?

 

ALBERTINA: Vamos a ver...¿qué está pasando fuera?

 

AGNES: Llueve.

 

ALBERTINA: ¿Lo ves?

 

AGNES: (volviendo a su punto sin querer llegar más lejos) París, Bruselas, Albacete.

 

ALBERTINA: (recitando) “¿Cuál será mi suspiro, mi sentir, mi juicio, mi palabra postrera”

 

AGNES: (intentando adivinar el fragmento) Uhm..., no lo sé

 

ALBERTINA: Perdona, estaba pensando en poesía.

 

AGNES: Tranquila, a mí también me pasa. Debe de ser que el fruto de un año de clases de literatura a tu cargo está haciendo el efecto adecuado. (con entusiasmo) Fíjate que a veces me detengo a medio sofrito y me salen unos versos de lo más rimbombantes...Pero hay que reconocer que esto mucho bien no nos hace...Quiero decir que tenemos que vivir un poco el momento y la verdad es que tú también estás un poco ida con eso de las novelas.

 

ALBERTINA: Y lo que no son novelas. Además, (en tono cortante) para eso soy tu profesora. Escucha esto atentamente: “Una mujer no es una mujer si no goza su independencia”

 

AGNES: (continuando con el punto) Has venido obsesionada con esta idea como un perro tras un hueso.

 

ALBERTINA: (en tono suave) No quiero hacerte daño, Agnes, y te presento las cosas con sutilidad. Sabes cuanto amo el estilo directo, pero a veces una tiene que usar eufemismos. Tú te mereces esos eufemismos y muchos más.

 

AGNES: (levantando la cabeza preocupada) ¿Has dicho que la línea telefónica funcionaba? La verdad es que ya empiezo a preocuparme.

 

ALBERTINA: (inclinándose hacia ella) Sí, qué extraño, funciona de maravilla. Pero no creo que debas preocuparte, tarde o temprano llegará. Conozco bien a los hombres.

 

AGNES: Tu sabiduría me calma (vuelve a su punto)

 

ALBERTINA: (cambiando el tono) Podría perfectamente no llamar. Una no sabe nunca a qué atenerse con los hombres. Nos pensamos que los conocemos a la perfección, qué ingenuas...Y luego, ¡ras! te la dan por detrás.

 

AGNES: Estoy empezando a preocuparme por Max, como bien me estás sugiriendo.

 

ALBERTINA: Se habrá quedado en la oficina preparando algo urgente.

 

AGNES: ¿Es que, acaso, yo no soy urgente?

 

ALBERTINA: Por lo menos deberías serlo. Si fueras un billete de la lotería ya estaría aquí, de eso puedes estar segura.

 

AGNES: (con cierta tristeza) ¿De alguna manera soy una lotería, no?

 

ALBERTINA: Era un ejemplo, no tienes por qué hacer de esta situación la batalla de Waterloo.

 

AGNES: No, no, no tengo que encenderme...Pobre Max (se gira a mirar la ventana)...con esta lluvia...¿Es que no parará de llover en toda la noche?

 

ALBERTINA: Estoy segura de que el marido de la secretaría de Max estará también preocupadísimo.

 

AGNES: (asombrada) ¿Max tiene una secretaria?

 

ALBERTINA: Supongo que en todas las oficinas las hay.

 

AGNES: (recogiendo la indirecta y devolviéndosela con otra) He oído en las noticias que va a estallar la guerra en Israel, espero que eso no altere países colindantes,... no sé adónde vamos a ir a parar...en fin, voy a seguir con lo mío.

 

ALBERTINA: (tomándola de la mano) No, Agnes, no, abre tus oídos, abre tu cerebro y déjame entrar en él.

 

AGNES: A veces creo que hasta mi cerebro es tuyo.

 

ALBERTINA: Y deja ya este maldito ganchillo, vas a terminar loca.

 

AGNES: Mejor hacer ganchillo que criar conejos en el lavadero.

 

ALBERTINA: Yo criaba conejos para mi propio alimento.

 

AGNES: Los criabas para sacrificarlos. Pero bueno, mientras sólo sacrifiques animales.

 

ALBERTINA: ¿Qué estás queriendo decir con eso? Mira, deja que Alejandro descanse en paz. Y si te sirve de algo, él era pelirrojo de pequeño.

 

AGNES: Yo también era rubia y hacía ballet y mírame ahora, no me sujeto ni al palo de la escoba.

 

ALBERTINA: Eso es artritis...Qué lástima que tú no hayas tenido hijos. Desgraciadamente, aquellas personas que pretenden darnos lecciones de genética, qué casualidad, esas se han hecho un ligamento de trompas.

 

AGNES: Yo no me he ligado las trompas: soy estéril, siempre lo he sido y siempre lo seré.

 

ALBERTINA: Esa actitud es muy tuya. No entiendo cómo no te cansas de vivir siempre con los mismos pensamientos. Un poema no nace de una mente paralítica, hay que evolucionar, cambiar, trasmutar, generar...

 

AGNES: ...matar.

 

ALBERTINA: Por cierto, conozco a una amiga que le salió un tumor (benigno) en una córnea de tanto tejer.

 

AGNES: (dejando el punto a un lado, preocupada y sin hacer caso del último comentario de Albertina) Hace dos horas que debería haber regresado (se levanta y camina hacia la ventana. Mira a través de ella) Hacía tiempo que no llovía de este modo. ¿Qué hora es? (mirando su reloj) Creo que voy adelantada.

 

ALBERTINA: De adelantada tienes poco...Son las doce.

 

AGNES: ¡Dios mío! ¡Medianoche! La comida estará tiesa como tu marido.

 

ALBERTINA: Por favor, un respeto a una viuda.

 

AGNES: En fin (apartándose de la ventana) no quiero perder los nervios.

 

ALBERTINA: Los nervios los perdiste hace mucho tiempo.

 

Agnes regresa al sofá.

 

ALBERTINA: Dime una cosa, ¿cuándo fue la última vez que tú y Max hablásteis de algo grave?

 

AGNES: Nunca ha habido nada grave que tratar.

 

ALBERTINA: Lo dices como si estuvieras orgullosa.

 

AGNES: Lo estoy. ¿Qué me estás queriendo decir ahora?

 

ALBERTINA: A ver, tienes un gran argumento, Agnes. De ti depende que hagas de él una buena obra. Son veinte años, Agnes, veinte años de esclavitud.

 

AGNES: No entiendo, ¿qué quieres que haga con mi argumento? ¿que lo desarrolle? ¿es eso?

 

ALBERTINA: Exacto.

 

AGNES: Sigo sin entenderte.

 

ALBERTINA: (subiendo el tono) Todos vivimos un gran argumento y todo el mundo quiere escapar de la vulgaridad del trillado folletín, pero les faltan datos. A ti no. Tienes un matrimonio de veinte años, un marido fiel...vamos, supongo (Albertina se mira el esmalte de las uñas)

 

AGNES: ¿Estás dudando de él en mi propia casa?

 

ALBERTINA: Si quieres me voy al jardín a dudar...Tu gran argumento es tu cautiverio. ¿Cuántas veces no has querido escapar de él? Pero te voy a decir una cosa: la soledad son los demás.

 

AGNES: (súbitamente, rebosante de alegría) ¡Sartre!

 

ALBERTINA: No, Agnes, escucha. Compartir es la peor de las soledades y tú estás viviendo la soledad de los demás. Querer ser comprendido es el más vano de los esfuerzos. Amar, el más estúpido de los pretextos.

 

AGNES: Sigo sin saber tu ruta.

 

ALBERTINA: Hablo de tu matrimonio.

 

AGNES: Pues pensaba que hablabas de un loro o de una paloma mensajera. No puedo soltar a Max así, sin más, alegando que lo hago precisamente porque le quiero.

 

ALBERTINA: El no es el loro. El loro eres tú. Eres un pájaro en cautiverio...¿no te das cuenta?

 

AGNES: Pues...así de repente...no

 

ALBERTINA: (con más entusiasmo) ¿Adónde has llegado tú? Quiero decir, ¿A qué conclusiones te ha llevado tu vida compartida?

 

AGNES: Debería primero intuir a qué conclusiones hubiera llegado a través de una vida solitaria. Debes decirme tú primero cuáles son tus victorias de viuda libre.

 

ALBERTINA: El problema no soy yo.

 

AGNES: Es que yo no veo ningún problema.

 

ALBERTINA: El problema eres tú, cuando quieras te lo desarrollo. Es fácil de entender.

 

AGNES: Tú siempre me has metido en líos. Desde que éramos niñas en el colegio. Te temo, Albertina. Creo recordar que tu ultimo desarrollo fue una de las catástrofes más traumáticas de mi vida. Incluso uno de ellos me hizo dejar de estudiar. Así que si ahora quieres convertirme en otra cosa de lo que soy será porque sientes remordimientos de lo que has hecho conmigo. La verdad, estoy empezando a estar un poco cansada de tus teorías. Cada vez que piensas es para destruir.

 

ALBERTINA: Depende de cómo lo mires. Ahí estás, vivita y coleando...y supuestamente feliz casada.

 

AGNES: Porque Max se te escapó. Si no también lo hubieras destruido.

 

ALBERTINA: “Una mujer no es una mujer si no goza su independencia”

 

AGNES: No estoy para adivinanzas.

 

ALBERTINA: Una buena adivinanza puede ayudarte a encontrar a Max.

 

AGNES: No tengo que encontrar a Max, porque Max no se ha perdido.

 

ALBERTINA: Eso es lo que dijo mi marido Alejandro en su lecho de muerte.

 

AGNES: ¿Piensas mucho en él?

 

ALBERTINA: ¿En el lecho de muerte?

 

AGNES: Tu frivolidad me saca de quicio. Déjame continuar (retoma la labor)

 

ALBERTINA: Me dijo justamente esas palabras antes de morir: “Una mujer no es una mujer si no goza su independencia” Supongo que lo diría para infundirme ánimos.

 

AGNES: (levantando la mirada) Anda que tú necesitas que te vayan animando. Si te anima hasta una soda.

 

ALBERTINA: Yo soy la libertadora, la vigilia de los sueños ajenos. Esa soy yo.

 

AGNES: Y yo soy la próxima víctima.

 

ALBERTINA: Porque soñar es nocivo para la vida. Soñar es traicionar la vida.

 

AGNES: No es eso lo que me has estado enseñando todo este tiempo.

 

ALBERTINA: Soñar no es malo, pero uno debe saber donde acaba el sueño y donde empieza la acción que sigue al sueño. A eso se le llama saber despertar. Despertar a la conciencia de querer.

 

AGNES: Imagino que ahí es donde debo entrar yo, la perfecta casada, la que forja los sueños desde su sofá, la que construye visiones y frases bonitas con mirada melancólica desde el lavadero o pelando cebollas...

 

ALBERTINA: Ese es un primer paso, la visualización de uno mismo: reconocer el entorno miserable. Digamos que cacareas porque te duele el huevo que está surgiendo de ti. Ese polluelo es vida de tu misma vida.

 

AGNES: A veces, incluso me asombra que estés hablando de mí.

 

ALBERTINA: Tú pregunta, que no queden frases por resolver. Todo lo que digo tiene un porqué, una razón de ser.

 

AGNES: Sí, y me temo que jamás podré descifrar este jeroglífico que son tus intenciones. Pero bueno, si darse cuenta del entorno miserable era el primer punto, pasemos pues al segundo.

 

ALBERTINA: (dejando la labor, nerviosa) Me estoy empezando a preocupar. Voy a llamar a la oficina (se levanta, se dirige hasta el teléfono y marca un número. Espera) No contesta nadie...Voy a esperar un poco más (hablando para sí)...No, no está (cuelga) Esto significa que está en camino (mirando por la ventana)...Esta maldita lluvia.

 

ALBERTINA: Ven aquí, Agnes, sigue con tu labor, no pierdas los estribos.

 

AGNES: (con cierta ilusión súbita) ¿Vas a contarme uno de tus viajes al extranjero?

 

ALBERTINA: (condescendiente) De acuerdo. Ven y siéntate.

 

Agnes se dirige hacia el sofá y se sienta. Coge su ganchillo.

 

ALBERTINA: ¿Te apetece Tánger?

 

AGNES: Cualquier cosa que esté lejos de aquí.

 

ALBERTINA: (recordando) Tánger es extensión, es luz...Los hombres la asedian a una. ¡Qué sensación más agradable sentirse seguida por extraños! El color de las casitas que pareces que el mismo sol las enciende y las reparte aquí y allá en medio del desierto...(cambiando de tono) ¿Nunca te ha apetecido ser salvajemente violada?

 

AGNES: (interrumpiendo el punto) No empecemos con tus perversiones.

 

ALBERTINA: Agnes, estoy hablando de fantasía, de imaginación. Después de tantas tardes enseñándote a leer y a viajar desde tu casita caliente me vas a venir con esas.

 

AGNES: (volviendo a su tarea) Bueno...salvajemente, salvajemente...lo que se dice salvajemente, no...Quizás unos golpecitos con un poco de tono, unas nalgaditas, pero nada escandaloso...¿Te pegaron los árabes?

 

ALBERTINA: Tú no sabes lo bien que sienta un buen escándalo, un salirse de sitio. Es como sentirse otra. Lo principal es saber rodearse de un ambiente diferente.

 

AGNES: Y Tánger lo es, ya lo creo.

 

ALBERTINA: Luego, meterse en situaciones comprometedoras...No sé decirte...el sabor del peligro, la aventura...Una, claro, tiene la imagen casta y pura...pero qué lejos está eso de la realidad...Una paliza para mí...

 

AGNES: (interrumpiendo la inspiración de la amiga y subiendo la voz) Estábamos en Tánger, déjate de pornografías fantásticas.

 

ALBERTINA: No entiendes nada.

 

AGNES: Seguramente no, pero ya se te encendieron las luces de la pasión y no quiero que se me enciendan a mí también. No olvides que soy una mujer casada (se detiene a pensar, mira el reloj)...Bueno, eso creo.

 

ALBERTINA: El matrimonio es como beberse un whisky. Un día se deja de beber y se pasa uno al vodka.

 

AGNES: Estábamos en Tánger.

 

ALBERTINA: (volviendo a meterse en el tema) De acuerdo...Pues el primer día, un hombre me persiguió por todo el mercado. Cuando me lo encontré, así de pronto, enfrente de mí, me guiña un ojo. Pensé que le iba a dar una pequeña embolia porque ya sabes que el mundo árabe no sabe guiñar los ojos. Lo hizo por mí y lo tomé como un gesto de amabilidad para poder comunicarse conmigo al modo de occidente. Eso me pudo.

 

AGNES: Claro, si lo ves así.

 

ALBERTINA: No, espera...Eso no fue en Tánger, sino en Praga.

 

AGNES: (sin inmutarse) Hay que ver la facilidad que tienes de viajar con el recuerdo desde Angola a San Petersburgo. ¡Qué envida! ¡Si yo pudiera!

 

ALBERTINA: Podrías si quisieras, ¿no te das cuenta? Mira, te voy a decir algo...

 

Suena el teléfono. Agnes deja rápidamente la labor.

 

AGNES: Pues no me digas tanto porque ahí está Max que me llama para decirme que ahora viene, que está atrapado en la tormenta (coge el teléfono) ¿Dígame?...(cambia de cara al ver que no es Max) No, se equivoca...Y, señora...no son horas de estar marcando en casas ajenas (cuelga violentamente el teléfono. Albertina se mira las uñas)

 

ALBERTINA: No, si para cuando decidas escucharme habrán sonado las trompetas de Anunciación.

 

AGNES: (caminando contrita hacia el sofá y volviendo tristemente a su tarea) No pienso preocuparme más, ya aparecerá.

 

ALBERTINA: Claro, mujer. Has de comprender a los hombres. Ellos quieren sus momentos de expansión, tienes que entenderlo.

 

AGNES: ¿Y quién me entiende a mí?

 

ALBERTINA: Yo, por eso te estoy aconsejando.

 

AGNES: (intentando relajarse por medio de sus recuerdos) Nosotros también hemos viajado, claro que no hasta Moscú, pero hemos viajado. Hemos tenido nuestra experiencia...Un día, llegando a París, Max me dijo algo que jamás olvidaré (sale de su ensimismamiento y sigue con su punto) Esos momentos son los que cuentan, sí.

 

ALBERTINA: (indignada) Hemos, hemos...¡qué absurdo!

 

AGNES: Si me estás sugiriendo que mejor hubiese hecho el viaje de novios sola estás equivocada. Hasta ahí podríamos llegar con la cantarela de la liberalización de una.

 

ALBERTINA: Tú todo lo coges por las patas.

 

AGNES: Y tú por el cuello. Si no que le pregunten a algunos difuntos que yo me sé.

 

ALBERTINA: No hables de un mundo en el que jamás has estado. Eres todavía capaz de ir mañana al mercado a contarle a la gente tu última aventurilla en Tánger.

 

AGNES: (preocupada) ¿Crees que de veras he llegado al gran argumento de mi vida?

 

ALBERTINA: Tu gran argumento es tu cautiverio, tu soledad. Y todo cautiverio canta al aire libre, a la soledad, al viento, a los países, a los hombres...

 

AGNES: Desde que tu cautiverio canta que estás sola, tienes razón. ¿Les cantas a los hombres así como a los países?

 

ALBERTINA: Yo no estoy sola, precisamente porque lo estoy, ¿entiendes eso?

 

AGNES: Pero eres más desgraciada.

 

ALBERTINA: Te voy a decir por qué estás equivocada.

 

AGNES: No quiero saberlo, aunque me lo vas a decir de todos modos.

 

ALBERTINA: Porque lo tuyo es una soledad acompañada. Esa es la peor de las soledades. Esa que creemos que compartimos.

 

AGNES: ¿Cuánto hace que falleció tu marido?

 

ALBERTINA: No quiero pensarlo, pero me parece una paradisíaca eternidad.

 

AGNES: ¡Bah! Al diablo con eso. Lo único que quiero es que regrese Max cuanto antes.

 

ALBERTINA: Ese es el modo que tienes de escapar de ti misma y me parece lamentable.

 

AGNES: No sé por qué razón debería querer escapar de mí misma. Soy simpática, agradable...

 

ALBERTINA: Aquí es donde entro yo, la libertadora de las pasiones, la compañera de la virtud y de los placeres.

 

AGNES: Ve al grano y dime lo que pretendes esta vez.

 

ALBERTINA: Estás empezando a ser sensata. No hay nada más claro que dos mujeres intentando entenderse.

 

AGNES: No creo que nadie haya escrito eso.

 

ALBERTINA: Hay cosas que no se han escrito jamás y si no reaccionas hay cosas que no se escribirán nunca en esta casa.

 

AGNES: Posiblemente tengas razón y en esta casa falte de todo pero, ¿para qué acudir al drama?

 

ALBERTINA: Veamos, ¿Cuánto tiempo eres capaz de soportar un engaño? ¿Un año? ¿Cinco? ¿Veinte?

 

AGNES: Hay muchas razones por las que un hombre puede llegar tarde a su casa.

 

ALBERTINA: Citémoslas.

 

AGNES: (convencida) Una razón puede haber sido el tráfico, causado por la lluvia. Los semáforos se han apagado, el tráfico colapsado...

 

ALBERTINA: (intentando despertarla de su fantasía) Agneeeees (Agnes piensa otra razón)

 

AGNES: Una alcantarilla de un cruce ha reventado; eso puede haber provocado un caos difícil de solucionar. No quisiera estar en su pellejo y por si tuviera poco aquí me tienes a mí...bueno, a nosotras cuestionándonos estupideces.

 

ALBERTINA: Sigues con los ojos cerrados. ¿Sabes lo que te digo? Me marcho. Me marcho de aquí (se levanta airada) Está visto que no quieres aprender. Yo ya no puedo hacer más.

 

AGNES: ¡Pero cómo! ¿Y nuestra clase?

 

ALBERTINA: Se acabó (cogiendo su abrigo) Has suspendido tu último examen.

 

AGNES: ¡No! ¡Espera! (volviendo a pensar otra razón más satisfactoria) Perdió las llaves del coche...¡tuvo que coger un taxi! El taxista, que era un terrorista aficionado le secuestró y yo voy a tener que vender la lavadora para pagar el rescate.

 

ALBERTINA: Nunca he conocido a alguien tan torpe para la novela. Mira, hay gente que nace para crear y otra para ser creada. Gente que ha nacido para escribir personajes y otros para serlos. Tú eres de los segundos.

 

AGNES: Está bien, no pretenderé ser poeta si es eso lo que quieres. Si no sirvo, no sirvo, pero no me dejes así. Abriré los oídos. Abriré lo que me digas. Háblame de Tánger, de Cracovia, de lo que te apetezca. Cuéntamelo todo con pelos y señales. Tienes razón, si tengo que aprender, debo saberlo todo. Pero no puedes ser tan exigente (se levanta con la labor en la mano) ¡No puedes ser tan exigente! ¿No ves que estoy sola?

 

ALBERTINA: Ensaya soledad. Tú no mereces ser enseñada. Tu eres de las gallinas que se comen sus propios huevos (Agnes se dirige a ella)

 

AGNES: Te lo pido de rodillas, no te vayas (Albertina la mira fijamente con un resquicio de esperanza)

 

ALBERTINA: Tienes una última oportunidad.

 

AGNES: (pensando profundamente)...Uhm, la secretaria, esa secretaria de la que me hablaste...se quitó las medias porque tenía calor...Max estaba terminando un trabajo urgente...(Albertina deja el bolso sobre la mesa mientras se va tranquilizando y deja que Agnes prosiga)...Después se quita las bragas...después las faldas...¡No! Primero las faldas y luego las bragas, como en las películas...y Max, que es un hombre de mar...

 

ALBERTINA: Eso es una trama realista, Agnes. Tienes que tener en cuenta una cosa: la vida no es lo que leemos. Eso grábatelo en la mente. Para que lo sea debemos crearlo nosotras. Nosotras somos el futuro de la prosa.

 

AGNES: Tú me enseñaste a leer y todos los secretos que no podría siquiera imaginar. Soy una desagradecida y una idiota, perdóname.

 

ALBERTINA: Te enseñaré a leer pero no aprendiste a interpretar, a leer entre líneas. Yo he sido tu mejor universidad, reconócelo.

 

AGNES: (en tono suave, condescendiente y casi infantil de sumisión) Lo reconozco, sí. Me has enseñado tanto...aunque (murmurando) también me has metido en líos, en líos gordos...pero siempre queriéndome ayudar (subiendo el tono) No, si mala mujer no eres...Quizás un poco asesina, pero mala, mala, no.

 

ALBERTINA: Déjate ya de cursilerías y vamos a lo que vamos.

 

Las dos se dirigen al sofá.

 

AGNES: (tomando la labor) Vamos, pues.

 

ALBERTINA: Estás despertando a un nuevo ser, Agnes.

 

AGNES: Sí, lo de la gallina y el huevo. Eso ya lo tengo claro.

 

ALBERTINA: Exacto. Y con la versión de la secretaria has llegado al inicio. ¿No vislumbras a lo lejos los placeres de la libertad?

 

AGNES: (sorprendida e interrumpiendo su labor) ¿Ya nació el pollito?

 

ALBERTINA: Es deprimente tener que descender hasta tu manera de comprender las cosas pero si así lo entiendes, bajaré: Sí, nació el pollito.

 

AGNES: Creo entender que quieres que piense que Max ha dejado de quererme.

 

ALBERTINA: El teléfono sigue sin sonar.

 

AGNES: (ensimismada y estática) “Iré contigo a Siberia si es necesario”

 

ALBERTINA: Sonia, de Crimen y Castigo, otra desgraciada de la vida.

 

AGNES: (cambiando el tema, el tono y mostrando su trabajo a Albertina) ¿Crees que quedará bien sobre la colcha?

 

ALBERTINA: ¿Qué pasó con la mujer de acción que duerme en tu corazón? ¿Adónde fue a parar todo aquello que te enseñé?

 

AGNES: Te responderé con otra cita: “Se escribe con el cerebro, no con las manos” Se sueña con  la mente, no con el cuerpo” Esta última es mía, ¿qué te parece?

 

ALBERTINA: Entonces, ¿nunca saldrás a la calle a proclamarte libre?

 

AGNES: Lo imposible es lo más elevado.

 

ALBERTINA: Todavía eres joven, puedes disfrutar. Yo te he guiaré hacia el camino de la liberación.

 

AGNES: (pensando con profundidad) No hace ni tres horas que yo estaba felizmente casada, haciendo punto, con mi mente en mi casa y en mis objetos. Ahora se supone que mi marido ha dejado de quererme y que debo luchar por mi libertad.

 

ALBERTINA: Ha tenido que pasar mucho tiempo para que lo entendieras. Y yo no tengo toda la vida ni muchos ánimos para ayudarte ya. La libertad que no esclaviza, es esa de la que te hablo, no de la libertad con la que te casaste y que ahora te la está pegando con otra.

 

AGNES: (con lágrimas en los ojos) ¡Ni tres horas hace que estaba felizmente casada...con mi mente en mi casa y en mis objetos!

 

ALBERTINA: Te propongo que hagamos las cosas a mi modo.

 

AGNES: ¿Es que alguna vez las he hecho al mío? Además, si me está proponiendo que acabe con la vida de mi marido te aviso que no estoy yo en ese tipo de novelas ni libertades. Hay cosas que no acepto y el crimen es una de ellas. No me importa lo que hayas hecho tú con tu Alejandro. Tú te las verás con él, pero yo no pienso cometer ningún crimen (llevándose las manos a la cara) ¡Qué desastre se me viene encima!

 

ALBERTINA: (intentando consolarla) Ya te dije que yo te guiaría. Está bien, dudas de mi palabra y de mis conocimien