OCHO AZUCENAS

OCHO AZUCENAS

 

GANADORA DE LA MENCION DE HONOR DEL PREMIO DE TEATRO LOPE DE VEGA

 

 

SINOPSIS: En un anticuario, dos personajes, el encargado del negocio y el espíritu de una monja, traman el sacrificio de un médico que entra atraído por la sordidez renacentista de una colección de crucifijos hasta que encuentra la belleza en la muerte que más admira. La historia volverá a empezar cuando, al final de la obra, una vez que el médico se ha entregado al acto, entra una nueva víctima, esta vez atraído por la figura de Santa Inés en el fuego.

A lo largo de la obra se desarrolla la pasión hacia el sufrimiento que comparten los tres personajes aunque de un modo diferente. Sofía se entregó al sufrimiento como meta para alcanzar el paraíso y el anticuario es amante del sufrimiento como meta misma.

La obra se intercala con escenas de la vida de Sofía (Santa Teresa de Lisieux) y su relación con su compañera de conversaciones y discusiones, Lucina Pher.

 

Incluyo la escena II de Sofía con Lucina y la escena III de la parte final.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ESCENA II

 

Sofía y Lucina entran en la celda. Lucina la lleva del brazo. Sofía camina lentamente.

 

LUCINA: Despacio, hermana Sofía. Ya verás como se te pasará pronto…Aunque no creo que estés preocupada por que se te pase.

 

SOFIA: Claro que lo estoy, Lucina. Ya sabes que las cosas que le pasan a una es porque tienen que pasarle y, si vienen de forma dolorosa es, incluso mejor.

 

LUCINA: No hables, que aún tendré que llevarte a la enfermería.

 

SOFIA: Si me llevas a la enfermería arderás en los infiernos.

 

LUCINA: Anda, acuéstate en la cama y deja ya de desvariar que vaya vida llevas, hija.

 

Se estira en la cama.

 

SOFIA: Creo que ya vislumbro la insondable profundidad del cielo.

 

LUCINA: Es la fiebre. Te voy a poner un antipirético.

 

SOFIA: No me des nada. Parece que no estés bien de la cabeza…Aguantarte a ti, eso sí que ha sido un buen martirio.

 

LUCINA: Pues no me soportas tan bien como soportas el dolor. Eso es que debe ser menor del que dices, entonces.

 

SOFIA: No quiero discutir en una situación como ésta.

 

LUCINA: No, no te voy a dar motivo de discusión…¿quieres que te hable de las maravillas del instinto animal?

 

SOFIA: Mientras no vaya contra las Santas Escrituras háblame de lo que quieras.

 

LUCINA: Pues bien, los animales tienen un instinto de conservación propia y, cuando luchan, siempre tratan de salvar su vida.

 

SOFIA: Porque se aferran a ella por miedo y por falta de fe.

 

LUCINA: No seas monja analfabeta. Lo hacen para conservar su especie; es un instinto animal.

 

SOFIA: Yo no tengo ese instinto ni tú deberías tenerlo tampoco.

 

LUCINA: Cuando dos animales completan su ciclo evolutivo y han criado a su prole están dispuestos a morir. Sólo entonces es cuando ceden a lo que nosotras llamamos abismo.

 

SOFIA: Toda la prole que yo dejo son las hermanitas del convento, incluida a ti.

 

LUCINA: Pero es que tú con prole o sin ella estás dispuesta a morir.

 

SOFIA: Tú también te vas a morir, ¿o crees que te vas a quedar de muestra?

 

LUCINA: Un ejemplo de misión cumplida es la de los insectos de algunas especies que mueren una vez se han apareado.

 

SOFIA: No visualices eso, Lucina. Deja a los mosquitos en paz.

 

LUCINA: Y las hembras mueren cuando ponen los huevos.

 

SOFIA: Este tema empieza a aburrirme.

 

LUCINA: Espera, que viene lo mejor…Algunos animales inferiores se agrupan en bandadas.

 

SOFIA: ¡Orgías! Ya no quiero oír más.

 

LUCINA: (agitada y entregada a su discurso) En los enjambres no sucede eso. Los machos revolotean juntos, cerca de la luz, como las moscas del claustro o alrededor de un árbol, en el jardín.

 

SOFIA: Sin quererlo ni escogerlo estamos rodeadas de fornicación y deseo.

 

LUCINA: No has entendido nada, como siempre.

 

SOFIA: ¿Cuál es la razón de esa congregación de machos en tal danza diabólica?

 

LUCINA: Es un misterio, como nosotras dos…Pero, es posible que se agrupen por una atracción mutua de los sexos, Sofía. Es el alma colectiva del enjambre. No es sólo el macho el que anuncia las nupcias, sino todos: todos están de acuerdo.

 

SOFIA: No hay ningún misterio en nosotras dos. También nuestra orden es una congregación de monjas que revoloteamos alrededor de Dios.

 

LUCINA: Sí, pero aquí nadie anuncia nupcias.

 

SOFIA: Tendré que decirle a la madre superiora que te prohíba también pasear por el claustro.

 

LUCINA: (más excitada) Por no hablar de las hormigas. Los machos forman una inmensa nube negra y, cuando llegan las hembras, más gordas y deformes, éstos se mezclan con ellas produciéndose los más alocados movimientos en esa masa llena de vida…Millares de alas vibran en el aire y empieza a sonar la melódica sinfonía del aquelarre.

 

SOFIA: ¡Basta! No quiero saber más de tus ciencias naturales. ¿Eso es lo que enseñabas a las pobres niñas cuando eras profesora?

 

LUCINA: Las pobres niñas, cuando salían de la escuela estaban preparadas para afrontar los estímulos de la vida. Esas pobres niñas son ya mujeres con prole y nosotras seguimos siendo niñas.

 

SOFIA: Definitivamente, eres un castigo para mí.

 

LUCINA: Me voy antes de que me hagas llorar de nuevo.

 

SOFIA: Tú siempre llorando…No te vayas, tengo que decirte algo importante.

 

LUCINA: ¿Algún chisme de locutorio?

 

SOFIA: Creo que ha llegado mi hora.

 

LUCINA: ¿Tu hora de qué? Si no tienes que ir a ningún sitio.

 

SOFIA: Claro que tengo que ir a algún sitio. Toda mi vida he esperado este momento y no pienso llegar tarde.

 

LUCINA: No me asustes, Sofía, que esas son las mismas palabras que usó la hermana Genoveva antes de diñarla.

 

SOFIA: Por favor, compórtate en mi ausencia.

 

LUCINA: ¡No! ¡No me digas que te vas a ir! ¡No sabré qué hacer sin ti!

 

SOFIA: Quizá regreses a la vida mundana. Es un lugar que te atrae mucho más. La reclusión y el sacrificio no están hechos para alguien como tú.

 

LUCINA: Nunca dejaré el convento. Crearé una orden nueva…Reformaré todo esto…Todas las monjas serán como yo, admiradoras e imitadoras del mundo animal.

 

SOFIA: Poco religioso será ese grupo. El mundo animal que conoces se guía por el instinto y no por la razón.

 

LUCINA: ¿Y cuál es la razón por la que debamos pasar esta…esta hambre cabrona? Se pueden convertir muchas salas de esta casa que actualmente no tienen ningún servicio en guarderías para las niñas de las internas…Así estaríamos distraídas…Hasta los protozoos hacen uso de sus órganos internos, ¿por qué no podríamos usarlos nosotras?

 

SOFIA: Te lo ruego, hoy no. Respeta mi último día y mi última voluntad. Cuando no respire creas las órdenes religiosas que quieras, pero mientras esté aquí quiero seguir respirando este magnífico aire medieval.

 

LUCINA: Está bien…¿Quieres que acabe yo con tu diario? Tú no te verás morir, así que te vendrá bien alguien como yo que escriba tus últimas frases.

 

SOFIA: Si tuviera la convicción de que no vas a usar palabras soeces ni practicar ningún tipo de demagogia callejera aceptaría con gusto.

 

LUCINA: No lo haré. Es tu diario y lo escribiré a tu modo. Emplearé diminutivos y adornaré cualquier cosa de manera tal que parecerás salida de un cuento de hadas…Por ejemplo, en lugar de flor diré florecita y sustituiré Sofía por Sofiíta.

 

SOFIA: Tengo unos inmensos dolores de estómago.

 

LUCINA: Será un gas. A mí a veces se me clavan los gases en las costillas y no por eso creo que me voy a morir.

 

Sofía gime de dolor.

 

LUCINA: ¡Sofía, no sé qué hacer! Remedios no quieres.

 

SOFIA: No, remedios no quiero.

 

LUCINA: Pues entonces jódete. No pienso volver a ofrecerte nada más.

 

SOFIA: Aprende de este dolor y que mi muerte sea el modelo que debas seguir tú.

 

LUCINA: Yo quiero morir feliz y cantando.

 

SOFIA: El padecimiento es tan dulce…

 

LUCINA: ¿Cómo te las arreglas para no desanimarte durante esos desamparos?

 

SOFIA: Los soporto porque se proponen ver hasta dónde llega mi esperanza…No me amedrentan los últimos combates, ni los padecimientos de la enfermedad, por grandes que sean.

 

LUCINA: (levantándose a buscar su diario) Déjame abrir tu diario. Voy a apuntar todo esto para la posteridad.

 

SOFIA: Cópialo todo textualmente. No dejes ni un suspiro.

 

LUCINA: Voy a añadirle también algún motivo estético. Voy a hacer de tu vida un precioso arbolito de Navidad…Puedo decir que, momentos después de expirar, tres gaviotas reidoras se posaron en el alféizar de la ventana a cantar a coro el Magníficat.

 

SOFIA: Haz lo que quieras pero evita hablar de ti, que es tu gran debilidad.

 

LUCINA: Mi debilidad es también la tuya, lo que tú te la castigas.

 

SOFIA: Basta ya. Haz el favor de no distraer mis angustias.

 

LUCINA: Hija, qué arisca. Para estar haciendo algo que has estado deseando toda tu vida te veo muy apagada. Yo que tú estaría dando brincos de alegría sobre la cama. (escribiendo) Bueno, lo que has dicho antes, como no me acuerdo bien lo escribiré a mi modo.

 

SOFIA: Tengo ganas de vomitar.

 

LUCINA: (sin dejar de escribir) Me encanta escribir. Yo también voy a escribir mis memorias. “El diario de Lucy Pher”. Anda que el apellido que me ha tocado tiene miga.

 

SOFIA: El demonio anda por aquí, Lucina. No lo veo pero lo presiento.

 

LUCINA: ¡Anda! ¿Y qué hace él por aquí? ¿Enciendo una velita a ver si se va a la celda de la hermana Carmona?

 

SOFIA: El está en todas partes.

 

LUCINA: Espera, espera, que copio lo de antes, no vayas tan rápido… (escribiendo las palabras de Sofía) “No lo veo pero lo siento”

 

SOFIA: ¡Lucina! ¡Lucina! ¡Vienen a por mí! ¡Estoy a punto de exhalar mi último suspiro!

 

LUCINA: (escribiendo) “Vienen a por mí…último suspiro”

 

SOFIA: ¡Rápido, la oración de completas”

 

LUCINA: Ay, no me pongas nerviosa…Sí, la oración de completas…esto…Procul recedant somnia et noctium phantasmata.

 

SOFIA: (agonizando) Aquí haces un pie de página con la traducción para los que no sepan latín.

 

LUCINA: (escribiendo el pie de página) “Líbranos de los fantasmas de la noche”

 

SOFIA: (recitando su poema) “Morir de amor, martirio es delicioso. Martirio que yo anhelo sufrirlo venturoso…”

 

LUCINA: (continúa) “…Querubes del Empíreo, templad vuestra Áurea lira: Porque según presiento, ya mi destierro expira”

 

Las luces del claustro se van apagando y se encienden lentamente las de la tienda de antigüedades, donde están David y Lázaro. Desde la oscuridad de la celda se oye todavía el verso recitado por Lucina, mientras el espíritu de Sofía se traslada de la celda a la tienda de antigüedades.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ESCENA III

 

 

La tienda de antigüedades.

 

DAVID: Fíjate en el valor cromático de la Cena de Emaús (le enseña desde su sitio la foto de un libro abierto)…El gesto, es el gesto el que determina la trama. La luz incide violentamente sobre las figuras, dándoles ese concepto mundano de realidad.

 

LAZARO: El concepto callejero de realidad lo tuve yo al verte el primer día desde la puerta…Te reirías de ese cuadro si te hubieras visto con mis propios ojos.

 

DAVID: Dime lo que tus ojos vieron.

 

LAZARO: Ya te lo dije: un insecto libando polen o sentado en el limbo de una hoja.

 

DAVID: Es una visión un tanto deprimente de mí.

 

LAZARO: ¿Y qué? No tiene que ser todo alegre, además, esto tampoco es un parque de atracciones. Lo importante es que tú eres mi luz y todo aquello que necesito: contrastes inesperados de color, tipo clásico de belleza, desviaciones subjetivas, inexplicables fantasías, un intrincado repertorio retórico, movimientos violentos, dramatismo e, incluso, un nuevo misticismo.

 

DAVID: Tienes razón. No soy nada alegre…Ni siquiera esta silla de bejuco lo es.

 

LAZARO: Podemos arreglarlo. Dicen que dos personas juntas pueden construir un mundo nuevo.

 

DAVID: Esto sucede si uno de ellos se sacrifica.

 

LAZARO: ¿Quieres que me sacrifique?

 

Aparece Sofía emocionada.

 

SOFIA: (cerca de Lázaro) ¿Aceptas devotamente el martirio?

 

LAZARO: Pensé que Sofía ya no estaba.

 

DAVID: Entra y sale de su fantástica gruta basáltica.

 

SOFIA: Yo siempre estoy. Me han cambiado el don de la corporeidad por el de la ubicuidad…No puedo ser pero me es concedido estar.

 

LAZARO: Buen cambio. A mí me gustaría estar en todas partes sin moverme de ningún sitio.

 

DAVID: Así es como viajaban las santas.

 

SOFIA: Me parece una falta de recursos terrible tener que remitiros a mis memorias para hacer amistad.

 

DAVID: No te has acabado el té, Lázaro. Termínatelo.

 

LAZARO: (apurando el vaso) Tienes razón. Con esta taza me habré bebido hoy dos litros. Al final vas a tener que mandar a sor Sofía a por más moras.

 

SOFIA: A por moras vas a ir tú dentro de un momento.

 

LAZARO: Todo me da vueltas.

 

SOFIA: ¿Sigues sin poder verme?

 

LAZARO: Te oigo, pero…(se lleva las manos a la cabeza) ¿Por qué todo me da vueltas?

 

DAVID: En cuanto atravieses la línea que separa los dos mundos podrás ver a Sofía.

 

SOFIA: Todo ha dado vueltas siempre, Lázaro…En cuanto dejamos de dar vueltas alrededor de las cosas, las cosas empiezan a dar vueltas alrededor de nosotros.

 

LAZARO: (mirando a Sofía) ¡Puedo verla! ¡Es un querubín!

 

SOFIA: Era un querubín. Ahora soy un espíritu errante.

 

LAZARO: ¿Y esos hábitos?

 

SOFIA: ¿Cómo querías verme, desnuda?

 

LAZARO: Y por si fuera poco, te veo en blanco y negro.

 

SOFIA: (sarcástica) ¡Oh, ha perdido el cromatismo veneciano!

 

DAVID: Pero date cuenta de que el blanco y negro puede ser a veces majestuoso.

 

LAZARO: Siento que pronto voy a ser devorado por fantásticas concepciones mitológicas y simbólicas.

 

SOFIA: Más o menos lo que yo pensaba…Pues nada de eso.

 

DAVID: Vas a conquistar la luz para siempre.

 

LAZARO: ¿Qué había en este té?

 

Sofía se coloca al lado de David.

 

SOFIA: Espero que no te haya molestado

 

LAZARO: Siento que pertenezco aquí y que no hay lugar allá afuera donde deba regresar. (a Sofía) Quiero viajar de tu mano sin el cuerpo.

 

DAVID: En estos momentos, tu cuerpo es una carga, algo que quiere desprenderse de ti.

 

SOFIA: El cuerpo es un medio que nos conduce a la meta. Entréganos tu cuerpo y sé todo alma.

 

LAZARO: Quiero entregarme a la estética como el asesino que se ofrece a la justicia.

 

SOFIA: (a David) El cadalso está preparado.

 

LAZARO: En estos momentos parecéis figuras animadas de bodegón llamándome hacia la zona oscura.

 

DAVID: El rinconcito de Rubens, ¿te acuerdas? Equilibrio entre zona luminosa y zona oscura.

 

SOFIA: Recuerda: el tenebrismo.

 

LAZARO: Soy un alma melancólica atraída inevitablemente por el imán de tu órbita. (reaccionando) ¿De qué estábamos hablando?

 

SOFIA: Empiezas a hablar como un epigrama inscrito en piedra.

 

DAVID: (levantándose con movimientos suasorios y envolventes sin dejar de mirarle) Hablábamos de auténticos bodegones de calidad lombarda; hablábamos de austeridad e inmovilismo; hablábamos de intimidad y nobleza; hablábamos de lo que no existe pero que está.

 

SOFIA: Esa debo de ser yo.

 

LAZARO: Por favor, David, que se vaya la monja. Quiero que estemos solos.

 

David se acerca a Sofía y la toma cariñosamente del hombro.

 

DAVID: No puede irse. Ha de quedarse irremediablemente conmigo.

 

SOFIA: (desembarazándose de él y con enfermiza alegría) ¿Jugamos a las santas? Tú serás Santa Catalina y tú Santa Leonora…Vamos de peregrinaje descalzas y nos vamos clavando los guijarros puntiagudos y clavos oxidados que encontramos en el camino.

 

LAZARO: (con voz drogada) Quiero beberme este santuario, aunque esté lleno de espinas.

 

SOFIA: De aquí te llevarás aquello que buscaste el primer día…Viniste a por tu cruz y tu cruz te llevará consigo.

 

DAVID: (acariciándole) Tienes un tono de carne azulado y perfecto.

 

SOFIA: Un azulado realista y patético de divino y enfermizo sabor.

 

Entre los dos lo levantan y lo colocan en una cruz a su medida.

 

LAZARO: ¡Dadme la paz!…Sofía, dime, ¿era éste el calvario que pasaste?

 

SOFIA: En mi calvario no hubo drogas.

 

David le coloca un clavo sobre la palma de la mano.

 

SOFIA: ¡Adelante! ¡No haya piedad!

 

Se oye un martillazo y un grito desgarrador, acompañado de un suspiro de gozo de Sofía que se cubre las mejillas con las manos.

 

SOFIA: Eso es lo que deberían haber hecho conmigo.

 

LAZARO: Ya siento mi alma alejarse de la morada de este cuerpo…¡Dadme la paz!

 

SOFIA: La paz está en el fondo del cáliz…(para sí) No sé lo que me digo. (excitada) ¡Parezco una niña abriendo los juguetes de Navidad!

 

David le coloca un clavo en la palma de la mano.

 

SOFIA: ¡Vamos! ¡La estocada final! ¡La ejecución de la muerte suprema!

 

Se oye otro martillazo seco y otro grito profundo que se alarga en un leve gañido desolado y moribundo. Sofía cruza los brazos, cubriendo sus hombros en un gesto de placentero arrobamiento.

 

SOFIA: (en un súbito acceso de cólera neurótica) ¡Me dan ganas de patearle y lapidarle!

 

David se aparta para contemplar la escena de lejos.

 

DAVID: (dándole órdenes a un Lázaro exhausto y exangüe) ¡Inclina un poco la cabeza hacia la izquierda, con un tímido gesto hacia la cómoda!

 

SOFIA: (dándole más órdenes) ¡Compadécete y reposa! ¡Mira el espacio! ¡Siente cómo se desgaja el polvo de la vida y cae sumiso a tus pies!

 

DAVID: ¡Eso! ¡Dirección y expresión!…¡Éxtasis y visión!

 

SOFIA: (orgullosa) La nueva figura vestida de un mártir.

 

DAVID: ¡Perfecto, Lázaro! ¡Como Santa Susana de Duquesnoy!…¡No pierdas esa línea!

 

Los gemidos de Lázaro cesan. Se hace una breve pausa de silencio.

 

SOFIA: (cantando mientras las luces se hacen más íntimas y David se dirige de nuevo a su silla) “Ya están pisando nuestros pies, los umbrales de Jerusalén”

 

Se arrodilla frente a Lázaro muerto.

 

SOFIA: Sólo ante el dolor me he humillado y sólo ante el dolor me humillaré. Elegí el calvario de niña y la mortificación de mujer…¿por qué iba a ir ahora al paraíso? Al paraíso no se va ni se viene; se está o no se está en él…

 

Se levanta y camina hacia el proscenio.

 

SOFIA: No esperéis más de nosotros. Al fin y al cabo hemos vivido sufriendo y sobreviviendo. Así entendimos nosotros la felicidad y así la deseamos a los demás. ¡Cuántas miradas que nos quieren nos condenan! ¡Yo condené a mis padres, a la madre Genoveve, a todas las mujeres del locutorio e, incluso a Lucina! ¡Cuántas personas que nos quieren nos ciegan al tiempo que nos iluminan con su amor!…¡A mí me cegó la pasión como a vosotros os cegará la vuestra!

 

Se apaga la luz.

 

 

 

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© Juan Riquelme, 2004