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Yo quiero besar la boca que se borra
Imagínate que surjo de pronto de tu mejor pastel de arándanos, al modo de los pasteles sorpresa que con motivo de tu cumpleaños unos amigos improvisan en la oscuridad de tu casa-estudio antes de que enciendas la luz (cuando se encienda, claro, empezaran a cantar entre emocionados y convulsos y tú verás en sus caras la tristeza de la alegría en forma de dos huevos fritos). Una vez yo me haya manifestado como cuerpo del pastel, claro, todos se quedarán petrificados porque habrán contratado a una corista o a una de esas perras que viven de sorprender con sus jocosas y disponibles tetas (no pienso hablar de tetas, que conste). Entonces, tú, abochornado por el momento homosexual que te estaré dando, me llevarás a un rincón y me preguntarás cual es la razón por la cual yo me ofrezco para salir de tu mejor pastel de arándanos tan repentino y jaracandoso. Con la mirada estará claro que te diré que yo no tengo razones para casi nada, que todo lo hago impulsado por misteriosos arcanos pero eso no te bastará, seguirás recriminándome cosas. Pues bien, ahora imagínate que no hay bochorno porque no hay fiesta ni nadie alrededor. Vives en tu casa-estudio, sí, pero no hay dedos-conceptos ni dedos-puñales. De tu cuerpo emerge una erección patógena, un episodio sensual, una ráfaga de necesidad También imagina que no me llevas a ningún rincón ya que al no haber bochorno para qué rincones. Remontemos la escena: Pastel de arándanos y yo que emerjo en mi egregia desnudez de los ingredientes de tu cocina (fogones y neveras industriales, desolación en los comedores y ascensor transparente). La cosa ya cambia: el pastel es tuyo y yo estoy dentro de él. No obstante, como mi espíritu festivo es débil o inocuo o insolvente o frágil o poco convincente, decido relajar mi cara, salir del pastel y volver a mi posición inicial (que podría ser desde la posición fetal a la festivo-eclosiva). Me preguntarás qué sucede y te diré que me cuesta creer en las personas. Te diré que estoy cansado, que quiero irme a Sri Lanka, y no porque sea uno de los países más pobres del mundo, sino porque es el sitio idóneo para sentarme y contemplar cómo las indígenas recogen té de las plantaciones. La idea es que en cuanto oiga de alguna boca o procedente de un cierzo cósmico una palabra que entienda huya a toda prisa, abandone urgentemente Sri Lanka, elija otro destino. Porque entenderse es desentenderse. Para qué tanto lenguaje y tantas explicaciones. Hay mundos de los que quisiera venir donde no hace falta hablar para entenderse. Es más, no hace falta entenderse. En esos mundos no hay necesidad y la falta de necesidad evita la presencia de un cuerpo. Pero situémonos en un lugar intermedio, en el que no hace falta hablar para entenderse pero sí exista una necesidad de sentirse. Una playa desierta, como te dije en otra carta. Sopla el viento suave, refresca (la tibieza del tiempo es propicia para el amor, así que sé lo que me digo) Yo estoy sentado con las piernas cruzadas y sin fumar pipa alguna cerca de una fogata improvisada con ramas, hierbajos y restos animales que he estado recogiendo durante toda la tarde con motivo de tu llegada a mi universo. Aparecerás en mi campo de visión caminando desde una gruta basáltica en uno de los extremos de la playa, lentamente, como si arrastraras livianas cadenas de plumas o, mejor, como si dos walkirias te llevasen casi levitando por los hombros desnudos. La única prenda con la que apareces es una tela que a modo de pareo llevas alrededor de la cintura. No andas contoneándote, que conste, esas cosas apagarían el fuego. Sigamos, yo miro, tú caminas, hasta aquí todo está claro. Las olas, me olvidaba, rompen silenciosamente en una cadencia humilde y sumisa dejando en la orilla constantes lenguas húmedas y el parloteo de algunos guijarros en la arena. Es perfecto el ritmo de tu aparición y el movimiento con el que te acercas, parece que hayas hecho uso de alguna ley musical revelada solamente a los genios de los instrumentos. Me da la sensación de que si Dios hizo el primer hombre de barro, el segundo lo hizo de carne y pareo. Supongo que estarás pensando o esperando el momento en el que dejas de caminar y te paras. ¿Qué pasaría si, al alcanzarme, al llegar hasta el fuego donde yo, con las piernas cruzadas, me hallo inmóvil y extasiado, pasaras de largo? Eso sólo pasa en la realidad pero no vivamos en la realidad, allí está todo lo feo y nosotros estamos construyendo un sueño. Bueno, tú no, yo, sólo yo. Tuyo, mío, tampoco eso podemos borrarlo y, aunque podríamos, es imprescindible que en esta historia haya algo tuyo y algo mío porque el sentido de tu avance es el de alcanzarme para intercambiar posesiones. Mira, cuando alguien se acerca de ese modo, vestido de misterio pero impregnado de entrega, se oyen unos tambores que no son sino el ritmo de la perfección del mundo. El mundo retumba inconexo en nuestro ajetreo pero cuando la pureza sale a flote, cuando la belleza se manifiesta y se nos entrega entonces el horror se sume en un sueño o se funde y en su lugar el ruido se armoniza, manifestándose erecto sobre las palabras, sobre nuestra humanidad, sobre cualquier gesto. Así, los tambores representan el himno de la entrega, como las olas efervescentes. No es que la playa sea tan larga. De hecho es pequeña, lo que pasa es que me entretengo en el deleite. Mi placer empieza desde que saliste de la gruta y, si no termina en cuanto hayas llegado o hayamos concluido algo será porque he logrado grabar en mi memoria ese breve espacio de tiempo en el que venías. De ahí vienen los grandes amores y su duración: del recuerdo de lo que fue. Incluso diría que dejamos de amar a alguien en cuanto dejamos de recordar lo que significó para nosotros los primeros días. Si yo ya no te viera siempre bajando una escalera de madera dejarías de ser lo que yo vi de ti. Apenas estás a cuatro metros. Me levanto para recibirte y, sin dejar de asirme a tu mirada, te desprendo de la única ropa que cubre tu cuerpo. Ya las walkirias se han retirado y las plumíferas cadenas desprendido: nos han dejado en nuestra intimidad, en nuestra erección (estar en pie), en nuestra erección (estar erecto), en nuestra erección (el estado sensual de alerta) ¿No es acaso una erección un ofrecimiento? Cuando pedimos extendemos la palma de la mano y cuando ofrecemos extendemos el miembro. Cierro los ojos y quiero oírte sollozar, entregado totalmente al vaivén de los impulsos, como una barca en alta mar, abierta, blanca, distendida, accesible, callada, feliz. Como quiera que sea, a partir de aquí la historia sólo puede ser mía (a no ser que me des permiso para continuar). Es aquí donde uno vuelve a la realidad, ¿comprendes la tristeza? Yo quiero besar la boca que se borra. Otro día hacemos otra historia pero esta vez siendo tú Robinson Crusoe que sufre una contractura muscular y va a visitar a un quiromasajista nórdico que seré yo. Lo que pase entre nosotros sólo lo sabrá una cabaña de troncos, el ulular de algún pájaro exótico y el barritar de una manada de elefantes en procesión a lo lejos, de esos que tanto pueblan los cuentos incontables y las fábulas catárticas. Se me olvidaba decir que esta historia es ficticia así como los personajes. Cualquier parecido con alguien es pura coincidencia...Precisamente nosotros, que más víctimas de la coincidencia somos. Y porque somos coincidimos. Ahora leamos estos versos a modo de oración antes de volver a la realidad. Gracias a esta invocación, en un futuro ya no hará falta leer toda esta narrativa para entrar en materia, en nuestra materia. Yo quiero besar la boca que se borra Anudar el aire en sus esquinas Y atarlo hasta hacer una burbuja caliente Y se eleve hasta donde los demás no sean más que puntos suspensivos Yo quiero que a partir de esa boca Todo lo demás se difumine Podemos perfectamente vivir de lo inventado El resto no será más que fatalidad. © Juan Riquelme, 2004 |