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Me voy donde las moscas del verano

 

JPJunior se fue de su propia casa. Donde ya no quedan sentimientos tampoco hay casa. No quiso darse la vuelta para no ver el piano que dejaba, seguiría caminando hasta llegar a su nuevo apartamento, un largo pasillo y una habitación triangular. Se dijo: “tengo una tumba dentro de mí diciendo, bah, deja que lo hagan los demás, déjales que ganen” Se compraría un órgano pequeño, de esos que funciona con seis pilas grandes y disponen de varios ritmos. Se lo pondría sobre las rodillas sentado en la taza del water e inventaría melodías. Después leería un poema de Bukowski, pero esta vez no cómo cuando los leía a media luz mientras Eleonor dormía a pierna suelta y él deseaba salir por la ventana, robar cosas, correr y delinquir; correr y delinquir hasta que se hiciera de día, “barriendo la oscuridad como una escoba”; gritando: “me voy a donde han ido las moscas del verano, intentad atraparme” Eleonor al despertarse saldría corriendo al baño para borrarse las legañas de sus ojos. Ella no era la mujer de las legañas, ella no era sin el maquillaje. Eleonor salía ya duchada y maquillada, se acercaba a JPJunior cansado de recorrer la ciudad bajo la luna y le daría un falso beso de máscara. Desde la taza del water, Bukowski le parecía mucho más real, como un amigo, como un gemelo. Los dos cagando.

Desde la separación, JPJunior conoció a un montón de gente nueva, diferente. Era gente que podría perfectamente salir en un libro, en su novela; gente que podría inspirarle una obra de teatro, dos, cinco. Conoció a una productora austriaca, varias poetisas, directoras de cine, productoras de teatro, bailarinas depresivas. A casi todas intentaba llevárselas a la cama y cuando terminaban hablaban de la posibilidad de que JP saliera en una películas, escribiera un poema suyo, bailara una pieza musical, todo dependía de la ocupación de la conquista. Astrid declaró un día: “La vida no es como una salchicha” y JPJunior lo apuntó, pasó dos años escribiendo una novela y logró acostarse con Astrid que no había logrado ser cantante de ópera pero algo se produjo de una obra de Brecht en la que ella era una rubia y con una participación cantada considerable, creo que era el papel estelar.

La productora de teatro no estaba mal, era como una vaca. No vaca por gorda, sino por vaca. Teniendo en cuenta que el alma de la vaca resida en su cara sin maquillaje, la productora pastaba, sonreía (lo justo) para volver a estirarse. Si sonreía, una fuerza interior le recordaba lo que tenía que vender y volvía a su postura inicial, su madurez, su experiencia: su seriedad. JPJunior no se acostó con ella por miedo a partirla en dos, por miedo a resquebrajarla, por miedo a que no le representara. La productora le dijo: “yo te representaré. Sé que tus obras gustarán” pero no se llegó al coito y las obras no acabaron de cuajar.

La productora austriaca no estaba mal, con esta posiblemente sí que se acueste pero tiene miedo de despertar sus dudas y de que se aferre a él con el propósito de montar un corralito. No, no quiero más corralitos, se dijo JPJunior. Y por eso no pasó nunca con Inge más allá de la simple caricia. Caricia que era indispensable para él cuando se le despertaba la ternura. Sentía ternura hacia aquellas personas cuya búsqueda reconocía como dolorosa. En ese dolor se identificaba y cuando lo veía de frente se enternecía, estiraba el brazo hasta acariciar con sus manos el tenue rostro del martirio y, después, humanizando al mismo martirio, le encontró un clítoris.

Con quien sí se acostó varias veces fue con Astrid, la cantante de ópera, fumadora compulsiva y con dos niñas que eran sendas caricaturas de sí mismas. Astrid se teñía el pelo de rubio, tenía exceso de sarro en los dientes y tenía el pelo lo suficientemente liso y grasiento como para colocárselo de vez en cuando detrás de las orejas y quedarse ahí durante horas, como si estuvieran adosadas a ellas. Tenía muchas arrugas de tanto cantar y de pasear por Berlín de madrugada. Cuando reía lo hacía súbitamente, achinando los ojos y provocando un ruido de aire comprimido que salía por el intersticio de sus dientes prorrumpiéndose entre vagidos, cual un gas brotando a presión de una bombona de humo.

Para Astrid la vida no era una salchicha de la que su marido se hubiera comido la mayor parte. Para JPJunior, la vida es un merengue donde él está agarrado como en la cuesta de una montaña. Un merengue donde, de vez en cuando, alguien pega un lametazo. Una lengua gigante que provoca casi la caída de JPJunior si no fuera porque con la otra mano todavía se sujeta al merengue. Astrid no ríe ahora; está pensando en la cena con unos amigos: una dramaturga que no necesita escribir porque ya gana lo suficiente escribiendo guiones para la televisión. Entrar en el equipo de guionistas de televisión es muy difícil, tienes que conocer a mucha gente, ser simpático, sonreír cuando debes y todo eso. Hace poco, Nina la dramaturga y su marido se compraron un piso nuevo. Se acabaron las estrecheces. Antes no tenían ascensor y ahora se acabaron las estrecheces. El marido de Nina es tan alto que cuando caminan los dos y él la sujeta por la nuca parece que la esté transportando igual que una gata transportaría a sus cachorrillos de un barrio a otro, con cuidado de que no tocaran el suelo. Nina no tocaba el suelo y así pasea por el casco antiguo. El viaje le inspirará otra obra y de arrastrar a su mujer sacará la segunda parte. La escribirá cuando pueda, no tiene prisa, ahora ya tienen dinero. Por otro lado, serán obras que nadie irá a ver porque en algunas ciudades la gente no sale los lunes al teatro, los martes se quedan en casa, los miércoles no salen, los jueves deciden no ir, los viernes van a los grandes almacenes, los sábados van al cine a comer palomitas y el domingo salen a pasear por la ciudad, en pareja, perdonándolo todo. Lánguidas, las parejas erráticas se besan, se saben acompañados, se exhiben y después se retiran a casa a descansar porque el teatro está muy mal. También, Astrid ha quedado para cenar con Bruselas. No se acordaba de su nombre y como era traductor en La Haya se le ocurrió llamarle así, ya se había acostumbrado. Todos estaban sentados en la mesa del restaurante. Al ver llegar a JPJunior todos se contrajeron un poquito, por un lado debido a lo inesperado de la aparición. JPJunior se sentó y se hizo un largo silencio en el que de vez en cuando alguien soltaba un comentario fugaz acerca de la comida que se elevaba sobre la mesa y caía después en picado por su propia futilidad. La presencia de JPJunior le resulta incómoda a Bruselas que no ha cogido un avión para enfrentarse a un extraño, a alguien que no estaba familiarizado con su esquizofrenia. Bruselas ha visitado a muchos psicólogos durante su vida, por eso tiene los ojos saltones, de la medicación ininterrumpida. No los tiene así por JPJunior el cual, cuando le preguntan a qué se dedica responde que es escritor y que está a punto de seguir no viviendo de esto. Bruselas sonríe con los labios, sólo con los labios y unos dientes silvestres pero sus ojos permanecen extáticos, ahogados en fármacos que luchan con diversas personalidades que van emergiendo constantemente del embrión interior de Bruselas.

Después de la comida se levantan y se van a tomar un café a una plaza inmensa. Unos árabes deambulan erráticos y después desaparecen por los callejones. Algo líquido se desploma de un balcón y cae en la taza de té de Nina la dramaturga. Qué fastidio dice ella mientras intenta con los tímidos deditos que asoman de su gigante abrigo sacar la gota de agua o lo que sea sin dejar de hablar con JPJunior, el cual se ha mostrado muy interesado en que ella le lea su obra de teatro.

-        La leeré y se la pasaré a mi amigo el director de la sala Strumpf –dijo su voz flaca y sumida en la armonía de la noche y de su nuevo piso con ascensor-

Bruselas oyó las palabras “teatro”, y “obra” Las recibió como invitación a que oyéramos su nuevo proyecto artístico:

-        Tenéis que leer mi obra de teatro. No existe, mi obra no existe. El plan es el siguiente: alquilaré un local muy caro, algo que no pueda pagar y que me persigan toda la vida por ello. Se llenará de gente sin tener que forzarles a salir de sus casas. Durante la obra hablaré sin parar, incluso les atacaré. Diré todo lo que pienso sin apenas tomar respiro. Si me apetece les insultaré. Cada día haré un monólogo y ellos aplaudirán emocionados. La duración de la obra será directamente proporcional a mi estado de ánimo.

-        Me parece que te será difícil representar algo así, es demasiado intelectual –intervino con seriedad afectada Astrid a la cual cualquier cosa que hicieran sus amigos se le aparecía como intelectual-

-        No, no, no –replicó Bruselas con indignación excitada- Para nada será una obra intelectual. Será totalmente comercial y mi propósito será robar todo el dinero de las entradas. Eso sí, será cara. Sólo el panel de fondo que irá de lado a lado del escenario, cuyo grosor será de dos metros y descenderá de lo alto a la velocidad del sonido para desaparecer del mismo modo costará unos cien millones de pesetas más grúa y personal especializado. Será una obra totalmente comercial.

JPJunior y Nina la dramaturga siguieron hablando de la obra que iba a presentar al teatro Strumpf, justamente el director que representará su obra dentro de dos semanas. Si quieres venir, ven, dijo con la voz pero no con el alma. Si no quieres venir no me importa, no vivo de ti, pensó. Le recordó, no obstante, lo mal que estaban las cosas de teatro en la ciudad.

-        La gente ya no va al teatro. De hecho a mi obra sólo vendrán amigos, familiares y víctimas adyacentes. Para qué quiero más. Los familiares y amigos ya bastan para aplaudir. Los actores necesitan oír los aplausos o si no se duermen.

-        Es más –continuó Bruselas no contento con que de su conversación se derivaran conversaciones paralelas- Lo acabo de decidir ahora. Y el que aplauda será arrastrado por los pelos hasta la salida cual perro sarnoso. No quiero aplausos...Y el que carraspee siquiera será sancionado sin piedad por unos guardias especiales de seguridad que pondré para más tarde ser brutalmente apaleados hasta morir desangrados. Existirá cierta probabilidad a que el próximo monólogo esté profundamente influenciado por las masivas muertes que mi mismo espectáculo causaría. ¡Una obra intelectual! ¿Cómo te atreves siendo tan rubia a decirme algo así? Por cierto, veo que sigues tiñéndote el pelo –se refería a Astrid, pero ésta no respondía. Simplemente se dejó avasallar por su neurosis impetuosa y flotante. ¡Claro, como ella es alemana!

 

JPJunior se sentó en la taza del water. Los pantalones hechos un fuelle en sus tobillos, el organillo sobre sus muslos. Lo encendió y cantó con toda su alegría una melodía inventada basada en unos versos de Bukowski. La libertad estaba bien. Demasiado vacía pero bien. No, no, la libertad estaba bien y el vacío era lo que necesitaba. Al día siguiente iría a aquel local a ofrecer sus servicios los miércoles como pianista. Ya le habían dicho que estaban dispuestos a negociar. El sí ya lo tenía porque JPJunior cedería a todo: no quería dinero y el público sería el que entrase en esos momentos. Le bastaba con subirse al escenario, sentarse en la banqueta, sentirse arropado por las luces de colores, tocar, cantar, delinquir, gritar, correr. Los aplausos no importaban. No, no importaban los aplausos ni el dinero de las entradas.

Le puso la letra de unos versos de su poeta a la melodía espontánea y cantó: “tengo una tumba dentro de mí diciendo, bah, deja que lo hagan los demás, dejales que ganen” Y después: “Me voy adonde han ido las moscas del verano. Intentad atraparme” Al levantarse, el agua de la cisterna cayendo en cascada, aplaudió la canción.

 

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© Juan Riquelme, 2004