La oculta identidad de un espontáneo en la avenida

 

 


La oculta identidad de un espontáneo en la avenida

  

Desde que Harriette me dejó que no me llevo bien con la gente. No habíamos discutido la noche anterior, es más, no habíamos discutido nunca. Si lo pienso bien ahora, si analizo la situación, ella se mostraba siempre muy taciturna, como si tuviera planes secretos de los que nunca sospeché. Una buena mañana y sin dejar una nota se marchó de improviso. Me sentí miserable por no haber sabido las razones que podían haber impulsado a una mujer como Harriette a dejarme sin más, como a un animal. A partir de entonces he hecho mucha amistad conmigo mismo, he rehuido las salidas y perdido a los únicos amigos que me quedaban. Una semana después de todo esto decidí salir a la calle, aunque no tuviera un destino hacia donde dirigirme. Bajaría porque sí, a caminar, a que me reconocieran los demás, a sentirme reconocido, a romper la monotonía de mí mismo, a no sentirme un monstruo al que abandonan sin nota. Estuve aquí y allí, crucé la avenida cinco veces a paso lento. A veces me sentía atraído hacia alguien y le seguía unos pasos, no para llamar su atención sino para tener un buen motivo para caminar, para tratar de averiguar qué destino mueve los pasos del hombre o para rastrear con el olfato el movimiento humano, como haría un sabueso. Desde que Harriette me dejó que me pregunto hacia dónde vamos todos. En ningún momento me crucé con ninguna mirada y sentí que a nadie le resultaba simpático. Sin duda, Harriette se llevó consigo a toda una civilización tras ella. De alguna manera, el mundo se había vuelto reacio a una persona que lo había negado todo. Pero, ¿qué miradas podría atraer yo? Trataba de buscar mensajes en las cosas, algo que me empujara a seguir adelante, una revelación, un secreto privado que podría residir en un uniforme, una pulsera o cualquiera de los bancos del paseo. Ya estaba a punto de rendirme y regresar a casa otra semana más cuando noté que alguien me seguía los pasos. Sin darme la vuelta todavía tuve el presentimiento de que ese era el mensaje y que al confirmarlo, al tenerlo de frente, todo lo sabría: por qué Harriette se fue, si volverá, con quién se fue o si ha sido secuestrada por un grupo extremista. Ya dispuesto a presentarme ante el arcano que me desvelaría el paradero de mi mujer, descubrí que éste venía oculto tras una apariencia canina dirigiéndose hacia mí, entre siniestro, resignado y decidido. No parecía muy satisfecho de haber aceptado el destino de entregarme un sobre con las respuestas. Sentía hacia él, más que ternura, la empatía que se produce cuando dos estados anímicos se encuentran. Quizás si lograra tocarle, me dije, se pondrá a hablar con la voz de Harriette y me recitará la nota que no me había dejado: “Siento no haber tenido nada a mano con que darte una razón de mi huída. Huyo porque me persigue el viento, como a las sirenas. Te dejé como a un animal y has pasado mucho tiempo en soledad, por eso, te mando a un animal solitario para que te lo cuente. El lo sabe todo” Por supuesto, ese mensaje no me satisfizo en absoluto y lo atribuí más a mis ganas de leer algo en la mirada triste del perro que en la realidad de sus ojos jeroglíficos, colmados de derrotas, privaciones y desolaciones bajo unas cejas arqueadas, a punto de ser invadidas por las moscas. ¿Y si era un espejo? ¿Y si era yo ese animal o era un reflejo de mi interior? No me hice caso ni a mí mismo ni al perro suplicante que parecía haber encontrado en mí a su madre alsaciana de ideales robustos, de resueltas decisiones. Seguí caminando con una determinación tan tajante que casi le dejo mi mano sobre su cráneo porque con las prisas muchas veces nos dejamos el cariño en cualquier parte. Pero el destino es insistente y si tiene un cometido va a por él como sea. En este caso, el perro destinado a seguirme seguía haciéndolo a pesar de su cojera. No se lamentaba, avanzaba con dificultad pero sin lamentos, cosa que me resultaba rayana en la heroicidad, en el colmo de la insistencia, en el extremo de la perseverancia y en una entregada obsesión. Crucé la avenida y él hizo lo mismo. Estuvo a punto de atropellarle el B43, un coche de línea que recorre casi toda la calle Lorimer que va desde Onderdonk hasta Séneca. Hubiera sido horroroso ver cómo le arrollaba el autobús a la velocidad que va con Kosmo adosado de cualquier manera en su delantera, atravesando inerte el frío de Brooklyn en enero. Así le llamé y en cuanto le puse ese nombre supe que lo subiría a casa, le agarraría del cuello, le preguntaría quién es, le zarandearía a dos metros del suelo, le obligaría a que me lo dijera todo antes, mucho antes de servirle un cuenco de agua, mucho antes de ofrecerle una vida segura. Era necesario que cumpliera antes con su misión. Yo no soy tan despreciable como para merecer eso, por lo menos hubiera sido justo una despedida con nota, un lenitivo al abandono.

Sin razón alguna el perro me mandaba mensajes eléctricos con su mirada que yo trataba de descifrar colgándome de sus ojos como de una repisa que se yergue sobre un abismo, sobre un abismo en el que más allá de la altura estaba Harriette dejándome. El perro permanecía frente a mí, rechazando el agua, la comida, el acercamiento excesivo, el alejamiento definitivo. Se mantenía a cierta distancia, sin perder el contacto con mi mirada. Traté de hacerle fiestas sin venir a cuento pero no movía la cola, no se inmutaba. En cuanto aparecieron los primeros interrogantes empecé a tener serias sospechas acerca de la identidad de Kosmo. Y me acordé del incidente que tuvieron unos amigos, Sally y Brian, en la India.

 

Sally era de las mujeres que siempre están dispuestas a encontrarse cosas hasta que el hábito se convirtió en adicción. Su clínica la llevó a recoger latas de la calle, colillas, papeles arrugados, sillas rotas, etc. Brian dudó en si llevarla a un psicólogo, pedir un préstamo y comprar una casa más grande donde cupieran las cosas que Sally recogía de la calle o ventilar a su esposa en la India, donde encontraría un ambiente nuevo y una diversidad de colores que la despertarían a la realidad (sin duda, era una cuestión de no aceptar la realidad porque para Brian, la realidad no era la de su mujer) En cuestión de tres días, ella ya se sentía en la India como en su casa. Se paseaba por Visakapatnam de cualquier modo, para iniciarse en eso de liberarse de las posesiones y los lujos físicos, entre hippy, mora y europea, diciéndose a sí misma: “no quiero ni esto ni lo otro”. Brian, un poco más adelante le daba céntimos de dólar a los niños que hacían corrillo alrededor de los turistas cantándoles canciones populares con una caña o enseñándole las llagas de los pies (dependiendo de la personalidad del niño apelaba a la alegría de una canción o a la compasión de una herida). Se encontraban disfrutando de esa inmensa paz cuando ella exclamó: “oh, mira qué dulce perrito”, mientras se inclinaba para ofrecerle los favores de los que disponía ese momento: atención turista, emoción femenina y ternura con pulsera que había adquirido en un mercadillo cerca de Bangalor. El no se agachó, simplemente observaba como su esposa lo hacía pero ya acercándose estaba dando su consentimiento, virilidad y pasión soterrada hacia un animalito indefenso. El animal les miraba tierno, atento, agradecido de antemano porque intuía que ella se acercaría a acariciarle. Como la mujer era muy expresiva, no solamente le acarició la cabeza y las patas, sino que además le besó ardientemente, como si el perro hubiera sido su psiquiatra. Sally no tuvo que preguntar; Brian accedió en seguida a sus súplicas silentes. “Pero que el perro sea lo último que recogemos de la calle” Y se lo llevaron a Brooklyn, vencidos por la simpatía del animal. Le compraron pienso de oferta en el Trade Fair, huesitos con sabor a bacon y a cereza, orejas de cerdo para el sarro de los dientes, un collar con cascabel por si se perdía que pudieran encontrarle por el tintineo de su cuello y un antiparasitario. Más tarde, decidieron llevarlo a vacunar por si un día mordía a un niño. El veterinario se vio obligado a decirles la verdad sobre el animal.

 

-        Fíjense en la cola –dijo el veterinario- La cola es el miembro expresivo del perro.

-        ¿Qué le pasa a la cola? –preguntó ella-

-        No se mueve, no emite mensajes, no expresa nada.

-        ¿Y se ha de mover? –preguntó él-

-        Eso, prosiguió ella, ¿qué mensajes ha de emitir? No es un telégrafo ni una cajita de morse. Es un simple perro.

-        Los perros mueven la cola, señora, se nota que sólo ha tenido usted canarios y tortugas de colas inertes y mudas.

-        Pero no siempre la mueven –añadió ella mordiéndose el esmalte de uñas y mirándose a distancia las cutículas para no sentirse demasiado humillada por la ciencia veterinaria-

-        Esto no es un perro, señores. Lo que han traído de la India es una rata.

-        ¿Una rata?, preguntó ella exclamando. ¿Cómo va a ser una rata? Si lo fuera ya nos habríamos dado cuenta. No soporto las ratas y Daysi no lo es.

-        Es una variedad de rata llamada Canis Roedoris que aquí no se conoce por lo que no consta en su lista de aterradoras fobias.

 

Otro caso más reciente contaba que el perro-rata adoptado había asesinado al perro del vecino y roído una de las muletas de la dueña que le causó una caída a la salida del supermercado. Por lo visto, todo el cariño que aparentan estos animales no es más que una máscara para que se acerque la víctima y atacar. En psicología humana esto se llama enfermedad bipolar.

 

Kosmo tenía la pata herida y caminaba cojo. Le di un baño mientras permanecía totalmente estático. Me dije: qué perro más bueno. Al pasar las horas Kosmo apenas había caminado. Claro, está cansado o triste por su abandono. No se había movido mientras lo bañaba. Claro, es tímido como yo. No ha llorado. Claro, no sé. Tampoco ha ladrado. Claro, no tendrá razones suficientes. Pero un dato curioso (y eso es lo que me hizo emparentarlo con el caso de Sally y Brian en la India) es que me persiguió a mí y no a una perra y su cola no era ningún elemento de expresión, sino que más bien parecía adosada a su parte posterior por capricho de la anatomía. El hecho de que no me lleve bien con el mundo no significa que yo rezume la soledad suficiente como para atraer a los desconsolados. Precisamente en esa avenida hay muchas perras, ¿por qué a mí? Sí, a primera vista, Kosmo parecía un buen animal, pero, ¿no sería una máscara y a la primera de cambio me enseñaría unos horrísonos incisivos afilados, amarillos y largos con los que morderme la yugular o un tobillo? ¿No estaría asumiendo un papel que no le pertenece sólo por el placer de convertirme en una víctima más? Cuanto más sospechaba más le miraba y cuanto más le miraba yo más me miraba él. Parecía una película de Harold Lloyd en la que mientras intercambiamos las miradas aparecen unas letras sobre el negro que dicen: “Cómo dudo, Kosmo, de que seas un perro normal y corriente” En su mirada no había sino una expresión de ternura. Le di de comer cualquier cosa; lo único que tenía en la nevera: un tomate, y lo devoró con fruición. Sin duda alguna come de todo y de manera compulsiva. Las sospechas iban surgiendo de manera alarmante. Después me miró. Parecía que todo iba a reducirse a juegos de miradas y sospechas. ¿Sospecharía él de mí que soy un ser extraño? ¿Dudaría de que soy humano y estaríamos intercambiando dudas? ¿Cómo decirle yo a él que no tema? ¿Cómo convencerme él a mí de su identidad? Tenía que llamar a Mónica a pesar de que me había dejado de hablar hacía cinco meses. Precisamente estaba en casa intentándose ligar a su psicólogo. Empezó a visitarle, cuando una noche siniestra, en un acceso de ansiedad, trató de sacarse un ojo a sí misma. Ahora lleva un parche, aunque el ojo no llegó a saltarle del todo. Le pregunté las cuatro cosas de rigor (cómo estaba de salud, si su madre había muerto ya, si echaba de menos el país que le entregó a la adopción y cosas así) y pasé a contarle mi problema. A esas alturas se había convertido en un problema. De lo contrario no andaría por mi propia casa con un cuchillo en el bolsillo.

 

-        Ahora mismo estaba ocupada, te lo iba a decir antes de que iniciaras tu historia pero ya que lo has hecho te diré que se encuentra conmigo el doctor Weilstein. Vivió en una comuna judía diez años para estudiar la psicología de los insectos. Si quieres te lo paso. Sabe mucho del alma humana.

-        Sí, me harías un gran favor. Nosotros tenemos todo el tiempo del mundo para charlar. Me bastaba con saber que las respuestas a mis preguntas de protocolo son satisfactorias.

 

El psicólogo no parecía tener muchas ganas de atenderme. Claro, atender así a lo gratis cuesta. O a lo mejor era que quería acostarse con Mónica sin tener que pasar por el filtro de mi consulta. Pero ya le vino bien porque con eso ejercitó su arte delante de ella a la que le convenía impresionar. Avanzo que después de nuestra conversación, Mónica se enamoró tan perdidamente de él que cuando se fue con otra le amenazó con saltarse el otro ojo.

 

-        Vamos a ver, ¿piensa que su perro es una rata porque su existencia es miserable? En caso afirmativo (de lo contrario no estaría acudiendo a mis servicios) indíqueme el grado de miseria que sufre: A. De seis a siete; B. De siete a ocho; C. De ocho a diez.

-        ¿Diez sería lo máximo o lo mínimo? ¿Qué tiene que ver mi miseria con Kosmo?

-        Mónica, a través de señales y muecas sin estridencias me ha comunicado que usted no se lleva bien con el mundo. ¿Quiere que hablemos de ello?

-        La verdad es que en estos momentos en los que se dispone a tirarse a Mónica usted se lleva mucho mejor.

 

Caminé por toda la casa ingeniándomelas para que Kosmo ladrase. Hice como que iba a perseguirle y nada; hice como que huía para que me persiguiera y nada. Traté de darle un susto diciéndole que le amaba (eso en mi vida ha asustado a muchas personas) y nada. Parecía que estuviera haciendo lo imposible para que me aceptara. Sí, sí, me sentía miserable.

 

En cuanto oí un fuerte trueno seguido de lluvia se me ocurrió una gran idea: sacarle a la calle a que viera perritas. No parecía el momento adecuado pero no podía dejar pasar la noche sin aclarar mis dudas. Si no encontrábamos ninguna por lo menos jugaríamos, le tiraría una pelota de goma para que me la trajera, en fin esas cosas que hacen los perros y que yo tanto necesitaba ver en Kosmo. Después de eso cogería un fuerte resfriado, me subiría muchísimo la fiebre y vería alucinaciones. Si perseguía a una perra ya no tendría ninguna duda, si perseguía a la pelota de goma que me llevaba conmigo tampoco. Iríamos caminando bajo el agua, pacientemente hasta la placita esa donde las mujeres tiran pan a las palomas porque es una distracción generalizada y un síntoma de la resignación a la menopausia. Kosmo caminaba a mi lado, resignado o feliz, a saber, cualquiera leía en sus ojos negros. Algunos ojos no nos dejan más que vacíos; otros los dicen todo, abarcan todas las posibilidades, todas las dudas.

Me senté en un banco y Kosmo se sentó a mis pies. Inmensas e incesantes gotas caían sobre nosotros se desplomaban frías desde lo alto y no nos importaba: la lluvia no podía borrar ya nuestras identidades. Ni rastro de las perritas. Sólo me quedaba la pelota, así que la saqué del bolsillo y se la mostré bien paseándola previamente por su campo de visión: “Mira, mira esto” Luego se la lancé con furia. Nada ocurrió. Kosmo se quedó donde estaba viendo como la pelota iba rebotando en puntos cada vez más lejanos. Nos derretiríamos bajo el agua y nuestra ropa iría languideciendo en la placita de las palomas, justo debajo de los raíles del tren elevado de la Avenida Roosevelt.

La razón por la que había ido hasta allí era porque solían salir ratas por la noche a llevarse las migajas de pan que las palomas no se habían llevado. Quería enfrentar a mi animal con una posible realidad. Salió la primera, era gigante pero más pequeña que Kosmo que se la quedó mirando fijamente, como si fuera una perrita. La rata comió cuatro cosas y se retiró rápidamente. No tendría mucha hambre. Intenté hablar con el perro:

 

-        Kosmo, mírame y trata de contestarme. ¿Por qué la mirabas tan intensamente? Si levantas la patita derecha significará A. Porque la querías matar. Si levantas la izquierda significará B. Sentías que era tu prima.

 

Kosmo desvió la mirada, sin ningún interés en mi test. Era una respuesta lógica de animal avanzado: la sicología no sirve para nada. Podría tratarse de formularse dos preguntas: ¿Añoraba a su dueño que le había abandonado o quería volver a las cloacas? ¿Por qué miraba con tanto arrobo las alcantarillas?

Cuando la segunda rata salió de su agujero (esta mucho más decidida y de tamaño menor) se dirigió directamente a Kosmo, sin remilgos ni timideces. El no movía el rabo pero le noté tan contento como si fuera su primera cita. Su alegría no pertenecía a la raza canina. Ella se detuvo cinco metros antes. Kosmo me ofreció su mirada suplicante y lo entendí todo: Kosmo era Harriette que había regresado en forma de lo que sea para pedirme permiso e irse. Se iba con alguien de su carácter, mucho más compatible que con el mío. Kosmo no dejaría de pedir mi autorización desde sus ojos mudos, negros, sin pupilas.

 

- Sí, claro, vete, Harriette, conmigo no hubieras sido nunca feliz.

 

Kosmo se levantó y se alejó de mí errático, con el apático entusiasmo de los que no tienen más remedio que dirigirse hacia el festivo suplicio de su inequívoca felicidad y la tristeza del que deja una rutina dolorosa pero familiar. Cuando tuvo cerca a la rata le lamió el hocico, a modo de un “vámonos, ya nada nos queda por hacer aquí. Ella se entregó sumisa al lenguaje de las lenguas. Para mí la rata estaba podrida y era inmunda pero al ver que Harriette la quería aprendí a interpretar la belleza que ven los demás y que no me es dada reconocer a mí. Caminaron juntos bajo la lluvia hasta la próxima alcantarilla, probablemente hablando en susurros de lo que les depararía el futuro. Se sentaron en la acera dejando ambos que les colgaran las patas que bailaban al son de su próxima ilusión.

 

Efectivamente, había cogido un resfriado. Me levanté del banco empapado y algo contrito por la fiebre, por mi soledad y por mi trato con el mundo. Abandoné la plaza de las palomas en blanco y negro hasta que un cartel con letras blancas sobre fondo oscuro decía en boca de la rata:

 

-        Ya lo ves, los enamorados siempre terminan encontrándose.

 

A lo que yo respondí sin darme media vuelta, aunque con mucho pesar:

 

-        Adiós, Harriette.

 

Al día siguiente me encontraría mucho mejor.

 

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© Juan Riquelme, 2004