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Dicen que hacerle el amor a una mujer con los dedos es como desactivar una bomba sin el timing porque la mujer es más paciente que el hombre. Así me sucedió la primera vez que me fui con una; había hecho una apuesta y tenía que ganarla para pagar la condicional de Locoperro y, de paso, una operación con láser para afinarle la voz áspera que había desarrollado en el húmedo presidio de Rykers Island. Cuando llegamos a la recoleta habitación cuyo sentido era el de existir para ese tenor de conciliábulos eróticos seguí las instrucciones de una película que recordaba. La besé en cuanto cerró la puerta y no me despegué de sus labios hasta que empezó a quitarse la blusa. Me encontraba tan nervioso que no me acordaba que una vez dentro de su boca tenía que jugar con la lengua, moverla de un lado para otro y buscar la suya, gelatinosa y caliente (yo creía que se trataba simplemente de un adosarse con fuerza, como queriendo invadir su boca hasta sentarme bajo su paladar y saludar desde allí a mis amigos). En lugar de eso mantuve mi lengua en la retaguardia, encogida, como si eso de besar a alguien fuera tan simple como unir dos bocas abiertas e intercambiar alientos. Ella se dejó hacer porque ya estaba metida en vereda, supongo. Los dos sollozábamos; ella porque sollozaba sin más y yo por el efecto pleonasmo que me incitaba a decir lo mismo con mi propio aliento Se despegó de mí cuando se dejó caer sobre la cama. La boca le había hecho ventosa pero lo logró finalmente cuando dejé de aspirar hacia dentro. Mi sorpresa fue que ya se había desnudado (pude ver en su ropa interior un líquido seco como azúcar cande, del que usan para hacer el cóctel San Francisco, supongo). No sé cómo lo hizo. Sospeché que hubiera sido un truco o que su ropa era de un componente efervescente que con nuestro calor, babas y magreos se disolviera sola. Me tiré sobre su cuerpo mullido y extenso pero ella me indicó, presionando mis hombros hacia abajo, que debía de trabajarme la bomba sin el timing y ahí fue cuando vi una vagina por primera vez, llena de rizos negros espesos creciendo en una superficie gelatinosa, como una medusa que se mueve a través de un control remoto. Si le hubiera pintado dos ojos aparecería la caricatura de un trompetista de jazz de los sesenta, con la cara expectante buscando un saxo para improvisar algo y pedirme disculpas por entrometerse (a mí, que en cualquier momento podía aparecer cualquier cosa para distraerme). Como me habían enseñado en las películas que vi antes de meterme en retoce, empecé a jugar con las yemas de mis dedos hasta que estos iban entrando en su cavernoso interior. Una vez introduje la mano ya no sabía si empezar a darle vueltas o extender los dedos. Si daba vueltas se me enroscaría el brazo y si extendía los dedos quien sabe si asomarían por su boca (tengo manos de pianista) ¿Adónde me llevaba ese camino? ¿Cuánto faltaba para llegar al intestino? Parecía que estaba en lo cierto y que se trataba de meterme yo entero y así ser engullido por una mujer que saldría del motel como si nada y yo, dentro de ella, me haría una casa. Me asusté y al retirar la mano comprobé que se me había quedado dentro el anillo que me regaló Roberto antes de que le ejecutaran en Milwakee (confesó un crimen que no había cometido porque no tenía ganas de vivir más o para salir de los electroshocks). Volví a introducir la mano (como ya estaba bien dilatado pude hacerlo con mayor rapidez, ahora no sólo podía entrar todo yo, sino que además había lugar para hacer malabarismos con tres naranjas y un aro) y después metí la otra. Tenía las dos manos juntas, como si me encontrara rezando dentro de una ostra pero mi anillo no aparecía. Tiré de algo que parecía una anilla y exhaló un grito acompañado de un pequeño sobresalto que convulsionó su cuerpo entero. ¿Pensaba, acaso, que tirando de la anilla desconectaría a la mujer? En cuanto se le pasó el repentino dolor se puso furiosa, a punto de la blasfemia y quiso marcharse, más que nada para evitar tener que reprender a un extraño que de nada serviría. Así que decidí dejar el anillo dentro a modo de reclamo. Durante mi operación me percaté que estaba tratando con dos personas a la vez: la mujer que esperaba fuera y que estaba presidida por su cara y la mujer que habitaba en los órganos gelatinosos cuyos intereses no estaban representados en el exterior más que por algún vagido de placer o un grito de dolor. Apenas me dio tiempo a retirar las manos cuando ya estaba vestida, arreglada como cuando entró y lista para irse dando un portazo sin despedirse (lo hizo tan aprisa que casi se deja el coño allí). La habitación apestaba, me masturbé pensando en la foto que me mandó Roberto desde presidio en la que se estaba duchando junto con otros compañeros de veredicto excitados al pensar que podrían estar rodeados de dulces diosas dispuestas a enjabonarles la entrepierna. Tengo todo un álbum de Roberto y sus compañeros. Si me dejaran tirado en la cárcel de Rickers Island sabría cómo llegar a la cafetería hasta con los ojos vendados. Para eso necesitaba el dinero, para pagar la fianza de Locoperro, uno que salía casi siempre de fondo (al principio pensé que era el papel pintado de su celda) y que no era muy amigo de Roberto pero que después de la ejecución de mi amigo empecé a cartearme por la honestidad de sus sentimientos: confesó no tener ninguno pero sentía un ansia urgente por tener varios y como a mí me sobraban porque Roberto me dejó muchos libres, decidí enseñarle. La apuesta de la mujer la gané porque ella, al ser secuestrada y mutilada apenas salir del hotel, no pudo testificar en mi contra. Además, en la biopsia descubrieron mi anillo, con lo que pude demostrar algo. Negué tener algo que ver con el anillo, y como en principio era de Roberto, no sólo me libré de una fastidiosa detención, sino que pude cobrar mi apuesta y sacar a Locoperro de su encierro. El pobre, nada más verme quiso llorar. No pudo, ya sabemos por qué. Nos subimos al coche de línea e iniciamos una agradable conversación. © Juan Riquelme, 2004 |