Como
cada mañana, Festina se miró en el espejo y se examinó la nariz,
afilandosela con las yemas de sus dedos al tiempo que odiándola. Era
necesario extirparla, trasplantarla, explotarla. Había pasado muchas
horas sin dormir pensando en ello, después se durmió y soñó que de
su nariz brotaban excrecencias, que en sus ollares vivían gnomos, que
en su lomo cabalgaban niños. Le daban ganas de arrancársela con las
uñas. Su nariz, además, le remitía a un pasado del que no quería
acordarse. ¿Por qué se inscribe toda nuestra historia en una cara?
¿Para qué quería ella publicar sus miserias? Le urgía una nariz
diferente, que no fuera una referencia al desasosiego, que no le
resumiera ni diera pistas de su desgracia. Por culpa de la falta de
armonía causada por su nariz, el hombre de su vida no se había
fijado jamás en ella. Por un error de casualidad, de reparto; por
capricho o arbitrariedad, por fidelidad a la cosmología o cosmogonía,
la naturaleza le había adosado una nariz incongruente que sería la
responsable de su soledad sentimental. En cuanto la cambiase, el
Hombre se interesaría, se casarían y ya está, ese sería el fin
(una vez alcanzada la felicidad ya podemos aburrirnos tranquilos) Llamó
al trabajo para ponerse enferma y en cuanto colgó pidió hora en un
centro de estética (la operación podría pagarla en cómodos plazos
a través de una financiación de diez años y, una vez pagado podía
embarcarse en otra nariz, ya que las narices nuevas tienen una vida de
máximo once). Le dieron hora para las cuatro de la tarde. Esperó
sentada en una sala llena de revistas, pero ella prefería no
distraerse con vanalidades, una persona con una obsesión no puede
hojear una revista. Festina miraba las cosas que la rodeaban por
encima, sin profundizar en nada y empezaba ya a degustar una próxima
felicidad. Se despedía de sí misma en silencio, arrepentida quizá
de haberse maltratado tanto. Y como en las despedidas hasta somos
capaces de perdonar a nuestro peor enemigo por la inminente llegada
del irse, Festina hizo las
paces consigo misma porque la parte fea de su ser se iba e, incluso,
parecía no tener prisa ya en ser otra, precisamente porque eso era
inevitable, porque se acercaba la despedida.
Se
acercó una mujer de aspecto informático con cara de folleto y los
labios en punta propios del especialista al que uno le entrega su
futuro estético. Mientras le conducía por estrechos pasillos hasta
una habitación donde había un ordenador con dos pantallas, la mujer
le iba explicando partes del proceso. La sentó frente a su cara en un
ordenador, mientras en la otra pantalla, una cara en blanco
reconstruiría el aspecto deseado. Podía ser cualquier cara porque
ahora, Festina, tenía en sus manos su propia cosmogonía. Era como
hablar con Dios, pedirle un receso de la fealdad y una solicitud de
belleza. La mujer no se había desenchufado de su voz ni un sólo
momento: -
La extracción completa
de nariz no es más económico pero tampoco tiene costes adicionales
ya que hay que realizar un raspado para que no se sospeche de que en
ese lugar había una nariz (horrenda, por otra parte) y como la tiene
tan grande le ha hecho mucha sombra. Mire, toda esta parte está
blanca. Es como si quisiera sacarse la marca del bañador y eso
encarece el presupuesto, claro, así que si decidiera quitarse la
nariz y no ponerse nada le costaría exactamente lo mismo y, además,
le regalaríamos, como detalle de promoción, este precioso estuche de
Endorseé, Paris y un pase de dos horas para la cabina de rayos uva,
sesión intensiva abrasante, -con
o sin derecho a quimioterapia posterior-. Ahora se están
llevando mucho las caras planas (yo, personalmente, soy alérgica a
los ollares de los demás) y si una no tiene que llevar gafas para qué
quiere la nariz, si es más un estorbo que otra cosa, como las orejas
o los tobillos. -
Quizás optaría por
cambiarme una nariz por otra. No quisiera llamar mucho la atención.
Por ejemplo, una nariz tipo la que tiene la tercera señora de allí
empezando por la derecha, la de la peluca afro. -
No hay problema,
precisamente de esas nos ha llegado una remesa, aunque no son
exactamente japonesas sino una imitación que se fabrica en
Cisjordania. Pero le diré algo, entre usted y yo –añadió acercándose
un poco a su oído y fingiendo una íntima complicidad-, no salieron
nada buenas las japonesas. Ni siquiera se desmontan para limpiarlas y,
de vez en cuando, sueltan pólipos de esos de los de antes que tan
desagradablemente humana le hacían a una. -
Yo me las limpio sin
tener que sacármelas, para mí no es un problema. -
Mujer, eso se va a
terminar. Estamos en un nuevo siglo, el concepto de comodidad está ya
demasiado arraigado en nuestras vidas. Dentro de nada podremos
sacarnos el hígado para espolvorearlo con un plumero o dejar el clítoris
bajo el cuerpo de nuestro marido mientras nosotras nos hacemos la
manicura o hablamos tranquilamente con una vecina. -
Me lo pensaré. De
momento me centraré en el aspecto y en el precio. -
¿Las orejas las quiere
conservar o las extraemos también? Tenemos una oferta de dos órganos
faciales por uno. -
Las orejas me las dejo
por si un día me da por llevar el pelo largo y no atarme el pelo con
diadema alguna. Como
el centro estaba ubicado en un barrio marginal el local era pequeño
(a eso lo llamaban “intimista”, que, muy a menudo puede
sustituirse por “cutre” o “decadente”) y las clientas se
encontraban una al lado de la otra, como en el paredón esperando los
disparos de la tecnología, frente a un ordenador que reflejaba la
zona del cuerpo donde se encontraba el miembro a rectificar. La
primera mujer veía sus pies en la pantalla: uno con juanete y otro
sin. Como no podía sacarse el juanete del pie derecho (según dijo
una, por miedo a despertarle un cáncer, aunque en su caso la
quimioterapia iba incluida en el presupuesto) quiso que le implantaran
otro juanete en el izquierdo y así compensaría. -
Usted sobre todo no se
preocupe que si surgen anomalías se las quitamos también con unas
radiaciones inocuas. “No hay nada que no pueda sustituirse” es
nuestro slogan. “Dolor sin agujas” era el anterior pero como no
resultaba lo anulamos. -
Ah, no, si van a usar
agujas me quedo con el juanete. Soy alérgica a las punciones, sobre
todo si son lumbares. -
Como somos conscientes
de la hipocondría de nuestras pacientes, nuestros métodos se basan
en la hipnosis y, gracias a esta técnica revolucionaria podemos
destruir algún que otro trauma que le moleste o, ya metidos en su
cerebro causarle alguna parálisis, ganglio o hematoma. -
Pues mire, ya me he
decidido, me saca el juanete y me borra las palizas de mi padrastro y
me añade una violación voluntaria en un viaje a Marruecos. -
Para insertar
sensaciones vaginales tendrá que ir a nuestra otra dirección. -
¿El mismo día? -
No, eso se hace en días
separados por lo del traslado. Piense que al abrirle el subconsciente
y el pie le sería muy difícil subirse a un autobús. -
Si me va a salir más
barato no me importa y así también les hago publicidad con la sangre
y los gritos. La
pantalla de la segunda mujer reflejaba sus inmensas caderas. Quería
que se las estrecharan o que se las quitaran por completo. Cuando
Festina pasó por detrás de la señora, oyó que la doctora,
esteticiene o lo que sea le decía que si le quitaba las caderas
parecería un gusano y ésta que leía la sección de biología todos
los meses en la revista Los anélidos y tú le contestó que
nosotros no teníamos ni el doble de genes que un gusano. La mujer
sentada en el asiento contiguo al de Festina quería rectificarse la
nariz. Su cara era demasiado ruda para lo fina que la tenía así que
quería algo que hiciera juego con sus facciones. “Esta nariz es un
error, una equívoca coincidencia, a mí me corresponde otra”.
Necesito una nariz horrible que haga juego con mi horrible cara.
Festina se sentó y en cuanto la doctora o esteticiene le propuso
cambiarse la nariz por completo la doctora o esteticiene de al lado lo
escuchó y se les ocurrió una idea: “¿Por qué no intercambian las
narices? Nosotras ganaremos tiempo y ustedes dinero. Será un
intercambio rápido. Apenas tendremos que poner anestesia. Si les
duele levantan la mano y ya está” Festina
y Clotilde se miraron sin saludarse: ambas deseaban ardientemente la
nariz de la otra y les resultaba incómodo aceptar que una tenía algo
que le pertenecía a la otra. De haberse cruzado por la calle se la
hubieran arrancado mutuamente sin el menor reparo. Ojalá no tuvieran
ni que hablarse porque no se cayeron bien pero el interés les obligó
a iniciar una conversación de fórmulas. Qué tal, yo bien, gracias,
o yo bien, tirando, el tiempo fatal, no sé cuando llegará el calor,
o no sé cuando llegarán las lluvias. Pero en seguida sus mutuas
necesidades imperiosas les obligaron a tratar el tema por el que habían
ido. -
Por mí estupendo, dijo
Clotilde, no es que la nariz de la señora sea estupenda pero ya es lo
que quiero, algo tipo garfio, como mis ojos. -
Ya sé que no es
estupenda, por eso me la voy a cambiar. Esta nariz me está arruinando
la vida. Usted tiene la cara de loro idónea para llevar mi nariz. -
Y la mía. ¿Sabes
cuantos años tengo? Unos cuarenta y sigo igual de sola que cuando tenía
trece. Es una vergüenza que pudiendo apelar a métodos
revolucionarios como éste estemos en casa solas criando malvas. -
Claro, por su nariz,
igual que yo. Somos dos mujeres erróneas por tener una un dato de más
y otra uno de menos. -
La señora Clotilde es
huérfana –añadió la esteticiene para que no hubiera malos
entendidos y para que se iniciara una conversación que bien podría
haber terminado en unas
sesiones de psicoterapia en el mismo centro (pero con otras
esteticienes) Festina
tuvo que pasarse quince días con una venda alrededor de la cara como
en una película de Sofía Loren en un hospital de la Costa Azul.
Recordó la película, el público estaba ansioso por que Sofía Loren
se quitara la venda frente al espejo y apareciera la nueva nariz, su
nariz, la nariz que le pertenecía. La nariz de Sofía Loren había
sido corregida, devuelta a lo que debía ser. El orden había sido
restablecido en la cara de Sofía Loren. Del mismo modo se encontraba
Festina delante del espejo, quince días después de la intervención,
desde el cual se había detestado durante tantos años. Se quitó la
venda poco a poco, como si al quitársela,
en un acceso de alegría fuera a coger un descapotable rojo y
pasear por las carreteras que bordean la Costa Azul con un pañuelo años
sesenta en la cabeza y sonriendo al azul del mar sabiéndose la mujer
más bella, joven y rica de la zona. ¿Adónde iba Festina subida en
su descapotable rojo? Sin ninguna duda, en busca de su amor ideal, el
que hubiera debido mirarla mucho tiempo atrás. Pero
Festina no tenía un descapotable rojo, no nos engañemos. Ni siquiera
tenía coche pero para eso estaban los taxis. Su nueva nariz era un éxito.
El taxista le cobró tarifa especial y se pasó el viaje mirándola
por el retrovisor como dos ojos que asoman tímidos de una ratonera.
Se sentía tan halagada que abrió la ventanilla para que la ciudad
entera disfrutara de su nariz. Solamente en el viaje del hospital a su
casa hubo tres accidentes de coche y dos transeúntes fueron
atropellados por un patinete a motor. -
Me encanta su nariz. No
le hace juego con la cara pero ya encontraría yo un argumento que las
uniera, como el hilo conductor de una novela. -
No sé, siempre la he
tenido así, no sé de qué me habla. El
taxista no había insinuado siquiera que la nariz era nueva pero por
si acaso y víctima de los nervios, Festina le contestó de ese modo. -
Si quiere, -continuó
el hombre- podemos vernos una noche. La llevaré a cenar a un lugar
agradable de muchos olores para que pueda solazarme en los movimientos
rítmicos de sus orificios nasales olisqueando el frescor de las
cocinas o agitarse frenéticos por el hedor de unos lavabos. A
Festina le fastidiaba un poco ser utilizada de ese modo y tampoco le
hacía gracia eso de aceptar lo primero que se le pusiera delante.
Ella sabía que había un mundo interior que todo el mundo tenía y
que era el que debía atraer a los demás. No obstante, la atractiva
nariz impedía que los hombres se interesaran en su interior deteniéndose
en su nariz pero, por otro lado, Festina no tenía interior: era una
terraza sin casa. El
taxista no era lo que ella había esperado de la vida pero en cuanto
lo pensó a fondo, en cuanto se vio a sí misma preguntándose acerca
de sus sentimientos se dijo: estoy locamente enamorada de Segismundo,
tiene un taxi maravilloso y me quiere por mí misma, por lo que
represento. La nariz fue un gancho pero ahora ha llegado a mi misma
esencia y, atrapado en ella, puedo hacer de él lo que yo quiera. Segismundo
tampoco tenía interior, así que al cabo de un mes, los dos se aburrían
inmensamente. Festina le mandó a la esteticienne a cambiarse las
piernas flacas. Hasta que un día, por un error de cirugía (esos que
se cometen con la alegría médica que no corresponde nada a las
consecuencias que trae) le pusieron a Segismundo las rodillas que iban
destinadas a una señora y que procedían de otra. Festina las
reconoció en seguida: eran las rodillas de su prima. Al cabo de pocas
horas se dio cuenta de que no amaba a Segismundo y éste, a su vez, le
confesó que sólo estaba enamorado de algunos órganos de ella, pero
no de todos. Festina
se deprimió mucho el día que, ya separada de él, conoció a otro
hombre que, al saber su nombre añadió: “Pues no tienes cara de
llamarte así” Festina
no tenía ya cara de nada. © Juan Riquelme, 2004 |