¿ Donde esta mi linea ? - Articulos - Juan Riquelme

¿Dónde está mi línea?

 

La necesidad de teatro perdura más allá de los escenarios mientras que en estos hay alboroto y especulación. Existieron unos templos sagrados donde antaño unos sacerdotes rendían culto al arte; esos templos desaparecieron ya hace mucho aunque todavía se conserva intacta su estructura. Con su desaparición se fue también el secreto que daba vida a sus paredes, la receta de una magia. Muchos años después, una serie de personas, con títulos de todas partes, sin otro arte en las venas que los de la pose, la imitación o la adaptación (para entender lo que significa “adaptación” véase cómo el Teatro Nacional de Cataluña representó Coriolano de Shakespeare cortando dos horas de obra bajo sospecha de “estar de más”) se han adueñado del templo, lo han profanado y las gentes que lo visitaban ya no creen en él. Así el teatro yace dormido al margen del público, el autor al margen del texto y los actores, en una diáspora descontrolada, se reparten por París, Nueva York, Tokio, buscando el polen, nerviosos, escépticos o desesperados. Nueva York es la ciudad que más actores tiene trabajando de camareros. Si alguna vez nos encontramos con un camarero en Manhattan que nos atiende con amplia sonrisa y majestuosos gestos no pensemos que es la simpatía personal que le hemos despertado. Es el agradecimiento desde su propio escenario, el agradecimiento de cuando termina la obra y empiezan los aplausos; es la imaginación, el creerse en el centro de la trama en una época donde el teatro ya no existe como escenario porque éste se ha fundido con la vida.

 

Se han perdido los textos. El autor no está y los actores siguen procreando. Tomaron el mando los directores innovadores a profanar las obras antiguas (por otro lado, ¿qué hay que innovar cuando todo es supuesta innovación?). Los directores, como aves de rapiña, los profanadores del templo, esperan el día en que la obra esté libre de derechos para maltratarla (Bertol Brecht-Bieito) y rebozarse en su propio semen. No es eso lo que queremos y las cifras que datan de miles de espectadores en el exilio lo demuestran. El teatro moderno no es más que algo que el teatro auténtico dejó congelado en un leve parpadeo y que está siendo utilizado como receta de la diarrea y el tedio.

 

Visto que no podemos asistir a la vida de los demás sobre un escenario nos hemos retirado a nuestro territorio, decepcionados, esperando cumplir con nuestros deseos en cualquier otra faceta de la vida (se está preparando en los canales latinos de Nueva York una serie de televisión por capítulos sobre casos de la vida real de las personas que murieron en el atentado contra las Torres Gemelas) y a partir de esa ansia de ver el teatro hecho realidad, de incorporarlo en la cotidianeidad de nuestras vidas vendrá el drama que no queremos. Los actores se proclaman como actores y no como personajes, destruyen la barrera y nos hacen partícipes. No hay nada más detestable en el teatro que nos vean. Si vamos es para no ser vistos; vamos para echar un vistazo al drama de los demás. En algunas obras, el actor se sienta en el borde de un escenario, interrumpiendo el texto, irrumpiendo con su torpeza humana (por otro lado, escrito para ser interrumpido) y nos pregunta cosas para que nos relajemos o intervengamos pero nuestra relajación reside, como digo, en el hecho de ser ignorados así que nos vamos al cine. En todos los países nos hemos pasado a la intimidad del no ser vistos. No se entiende ya ese encanto que veía Proust en el teatro, donde se recogía en su butaca en la penumbra a presenciar un drama de Bergotte, porque la encargada principal de crear dicho ambiente es la obra y no hay obras que recojan. El resultado de todo ello es el desbocamiento de miles y miles de actores sin padre, sin referencias, que pueblan las grandes ciudades del mundo. El resultado es la impotencia de los dramaturgos, encogidos en sus casas, desconocidos para los demás y para sí mismos. En Manhattan se estrenó una obra de teatro donde los actores se limitaban a insultar al público: “Tú eres un cerdo y tu mujer folla con el de atrás” Los actores, peones de las obras de arte, al haber perdido los textos han perdido a sus padres, su inspiración, aunque sigan conservando su talento. ¿De qué les sirve el talento si no hay autores? Se me antoja la proliferación absurda de actores como la futura diáspora oriental que vaticina el Nostradamus. Imagino que dentro de unos años el mundo estará lleno de chinos que habrán escapado de su contexto. En un principio se encontrarán maravillosamente perdidos (como cuando los actores y directores decidieron recorrer su camino al margen de los textos) pero después, cuando se vean obligados a comer con tenedores y a adorar a imágenes enemigas tomarán el escenario de todas las sociedades y, armados hasta los dientes nos dirán: “Ahora voy a hacer mi propia versión de tu sufrimiento”

Quisiera pensar en un mundo donde nada de esto hubiera desaparecido. Quisiera pensar en que Bush hubiera podido asistir al teatro y cumplir su catarsis. Probablemente, no hubiera tenido que viajar tanto para sitiar la vida de los demás. De muchas cosas somos responsables con la desaparición de los escenarios. ¿Qué pasará el día en que el mundo entero se convierta en Medea? Conviene reducir el drama a un espacio; conviene un público que se cure del desastre o de la risa en el templo de la interpretación; conviene un dramaturgo que sea poseído por el desastre en las tinieblas de un cuarto para que nos redima del horror; conviene evitar que los actores, en un acto de desesperación neurótica, fundan la ficción con la vida. En el escenario o entre el público, el teatro es algo inevitable que llevamos todos dentro. Negarlo, darle la espalda, ignorarlo, no es la solución. Tarde o temprano, la burbuja de la interpretación, la creación o el voyerismo (actor, dramaturgo, público) reventará en algún lugar de nosotros, saldremos en busca de su satisfacción y nos encontraremos en el yermo absurdo de los directores innovadores, los que un día ocuparon un lugar sagrado que jamás entenderán, porque para dirigir una constelación tienes que estar presente o formar parte de ella.

Mientras tanto, los dirigentes del mundo se desesperan invadiendo, destruyendo, reconstruyendo, aniquilando, sometiendo y preguntándose: ¿Dónde está mi línea?

 

© Juan Riquelme, 2003

 

 

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© Juan Riquelme, 2004