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¿Dónde
está mi línea? La
necesidad de teatro perdura más allá de los escenarios mientras que
en estos hay alboroto y especulación. Existieron unos templos
sagrados donde antaño unos sacerdotes rendían culto al arte; esos
templos desaparecieron ya hace mucho aunque todavía se conserva
intacta su estructura. Con su desaparición se fue también el secreto
que daba vida a sus paredes, la receta de una magia. Muchos años
después, una serie de personas, con títulos de todas partes, sin
otro arte en las venas que los de la pose, la imitación o la adaptación
(para entender lo que significa “adaptación” véase cómo el
Teatro Nacional de Cataluña representó Coriolano de Shakespeare
cortando dos horas de obra bajo sospecha de “estar de más”) se
han adueñado del templo, lo han profanado y las gentes que lo
visitaban ya no creen en él. Así el teatro yace dormido al margen
del público, el autor al margen del texto y los actores, en una diáspora
descontrolada, se reparten por París, Nueva York, Tokio, buscando el
polen, nerviosos, escépticos o desesperados. Nueva York es la ciudad
que más actores tiene trabajando de camareros. Si alguna vez nos
encontramos con un camarero en Manhattan que nos atiende con amplia
sonrisa y majestuosos gestos no pensemos que es la simpatía personal
que le hemos despertado. Es el agradecimiento desde su propio
escenario, el agradecimiento de cuando termina la obra y empiezan los
aplausos; es la imaginación, el creerse en el centro de la trama en
una época donde el teatro ya no existe como escenario porque éste se
ha fundido con la vida. Se
han perdido los textos. El autor no está y los actores siguen
procreando. Tomaron el mando los directores innovadores a profanar las
obras antiguas (por otro lado, ¿qué hay que innovar cuando todo es
supuesta innovación?). Los directores, como aves de rapiña, los
profanadores del templo, esperan el día en que la obra esté libre de
derechos para maltratarla (Bertol Brecht-Bieito) y rebozarse en su
propio semen. No es eso lo que queremos y las cifras que datan de
miles de espectadores en el exilio lo demuestran. El teatro moderno no
es más que algo que el teatro auténtico dejó congelado en un leve
parpadeo y que está siendo utilizado como receta de la diarrea y el
tedio. Visto
que no podemos asistir a la vida de los demás sobre un escenario nos
hemos retirado a nuestro territorio, decepcionados, esperando cumplir
con nuestros deseos en cualquier otra faceta de la vida (se está
preparando en los canales latinos de Nueva York una serie de televisión
por capítulos sobre casos de la vida real de las personas que
murieron en el atentado contra las Torres Gemelas) y a partir de esa
ansia de ver el teatro hecho realidad, de incorporarlo en la
cotidianeidad de nuestras vidas vendrá el drama que no queremos. Los
actores se proclaman como actores y no como personajes, destruyen la
barrera y nos hacen partícipes. No hay nada más detestable en el
teatro que nos vean. Si vamos es para no ser vistos; vamos para echar
un vistazo al drama de los demás. En algunas obras, el actor se
sienta en el borde de un escenario, interrumpiendo el texto,
irrumpiendo con su torpeza humana (por otro lado, escrito para ser
interrumpido) y nos pregunta cosas para que nos relajemos o
intervengamos pero nuestra relajación reside, como digo, en el hecho
de ser ignorados así que nos vamos al cine. En todos los países nos
hemos pasado a la intimidad del no ser vistos. No se entiende ya ese
encanto que veía Proust en el teatro, donde se recogía en su butaca
en la penumbra a presenciar un drama de Bergotte, porque la encargada
principal de crear dicho ambiente es la obra y no hay obras que
recojan. El resultado de todo ello es el desbocamiento de miles y
miles de actores sin padre, sin referencias, que pueblan las grandes
ciudades del mundo. El resultado es la impotencia de los dramaturgos,
encogidos en sus casas, desconocidos para los demás y para sí
mismos. En Manhattan se estrenó una obra de teatro donde los actores
se limitaban a insultar al público: “Tú eres un cerdo y tu mujer
folla con el de atrás” Los actores, peones de las obras de arte, al
haber perdido los textos han perdido a sus padres, su inspiración,
aunque sigan conservando su talento. ¿De qué les sirve el talento si
no hay autores? Se me antoja la proliferación absurda de actores como
la futura diáspora oriental que vaticina el Nostradamus. Imagino que
dentro de unos años el mundo estará lleno de chinos que habrán
escapado de su contexto. En un principio se encontrarán
maravillosamente perdidos (como cuando los actores y directores
decidieron recorrer su camino al margen de los textos) pero después,
cuando se vean obligados a comer con tenedores y a adorar a imágenes
enemigas tomarán el escenario de todas las sociedades y, armados
hasta los dientes nos dirán: “Ahora voy a hacer mi propia versión
de tu sufrimiento” Quisiera
pensar en un mundo donde nada de esto hubiera desaparecido. Quisiera
pensar en que Bush hubiera podido asistir al teatro y cumplir su
catarsis. Probablemente, no hubiera tenido que viajar tanto para
sitiar la vida de los demás. De muchas cosas somos responsables con
la desaparición de los escenarios. ¿Qué pasará el día en que el
mundo entero se convierta en Medea? Conviene reducir el drama a un
espacio; conviene un público que se cure del desastre o de la risa en
el templo de la interpretación; conviene un dramaturgo que sea poseído
por el desastre en las tinieblas de un cuarto para que nos redima del
horror; conviene evitar que los actores, en un acto de desesperación
neurótica, fundan la ficción con la vida. En el escenario o entre el
público, el teatro es algo inevitable que llevamos todos dentro.
Negarlo, darle la espalda, ignorarlo, no es la solución. Tarde o
temprano, la burbuja de la interpretación, la creación o el
voyerismo (actor, dramaturgo, público) reventará en algún lugar de
nosotros, saldremos en busca de su satisfacción y nos encontraremos
en el yermo absurdo de los directores innovadores, los que un día
ocuparon un lugar sagrado que jamás entenderán, porque para dirigir
una constelación tienes que estar presente o formar parte de ella. Mientras
tanto, los dirigentes del mundo se desesperan invadiendo, destruyendo,
reconstruyendo, aniquilando, sometiendo y preguntándose: ¿Dónde está
mi línea? © Juan Riquelme, 2003
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© Juan Riquelme, 2004