El arte de envenenar - Articulos - Juan Riquelme

 

El arte de envenenar

Más de una vez, el emigrante o el turista se habrá preguntado qué siniestra atracción le ha hecho regresar a Nueva York o, mejor aún, qué razones le han impulsado a quedarse para siempre, afrontando hostilidades, mal tiempo, prisas, empujones, miseria y todo tipo de tristes espectáculos humanos. Y aún ahora, cuando las cosas están más difíciles es cuando los más fieles se aferran con sólida resolución a la idea de no abandonar la ciudad jamás. Me he preguntado a menudo sobre esos misteriosos efectos que Nueva York tiene en las personas y he llegado a la conclusión de que su receta tiene los mismos componentes que los de las hamburguesas, el tabaco o las bebidas de cola: el veneno permitido.

Quizás nuevos estudios tengan que verificar que el veneno, no sólo tiene mal sabor, sino que, además, es adictivo. Uno, al evocar esa palabra, le viene a la mente un sabor amargo, la muerte agonizante de Madame Bovary o los turbios caldos de las alcantarillas donde el metro chirría cargado de pasajeros. Pero veámoslo desde otro punto de vista: ¿Y si el veneno huele bien? ¿Y si el veneno sabe bien? Es más, ¿Y si es adictivo?

 

No hace muchos años que Humphrey Bogart era hombre en la pantalla. Y esa virilidad venía impulsada por un cigarrillo entre los dedos o colgando de los labios. Ahora son pocas las películas en las que, durante la trama y sin venir a cuento de ella, un personaje le quita al otro el cigarrillo de la mano, interrumpe la conversación acerca del asesinato de Charles Stolz para lanzar su mensaje antitabaco y continuar con el guión: “¿Entonces le despedazaron todo el cuerpo o dejaron las extremidades inferiores?” Pero como en la teoría de los venenos no puede anularse uno sin haber colocado otro, sustituyeron el cigarrillo por la violencia de Schwarzenegger de manera que, si antes lo que más quería hacer un joven era esconderse para encender un cigarrillo, ahora lo que sueña es en ser el más fuerte y matar a los malos (claro que en la película se establece con precisión quienes son pero un niño, como no lo sabe o como tiene tendencias a luchar contra todos, el mundo entero lo es) Por lo tanto, “el cigarrillo mata” pero Schwarzenegger no, él aniquila o perdona. El actor ha empezado a aniquilar ya en California, todo sea dicho de paso.

A este cambio se ha unido también el de la marihuana por las drogas sintéticas, otro veneno que parece preocupar comedidamente porque conviene alejarnos de una droga como la marihuana que nos colocaba pero estimulaba nuestra fantasía, nos hacía pensar más rápido y nos daba una cierta relajación. No anulaba el deseo sexual, no nos ponía violentos ni nos invitaba a buscar ambientes oscuros en discotecas de moda. El éxtasis, veneno del que todavía no les interesa desvincularnos, te anula el deseo sexual y lo sustituye por una desmedida pasión por tocar y ser tocado. No estimula el cerebro por lo que uno se siente como en el contexto del discurso árido del protagonista de París-Texas buscando sus orígenes en el desierto de Arizona y te provoca unas ganas intensas de encerrarte en un local de moda donde los clones se “desinhiben” al sonido de los monótonos martillazos que sacuden el cerebro y que van dictando sus pensamientos, como órdenes desde la inmensa columna negra donde dos mujeres sin sujetadores descubren con el tacto la textura de sus rancios pezones.

 

La religión, veneno por excelencia, nos ha estado enviando mensajes desde hace cientos de años con el fin de que evitemos todo tipo de sexo no destinado directamente a la procreación. Una vez que los dogmas de la Iglesia Católica se han puesto en tela de juicio no faltan los mensajes que nos estimulan a hacer lo que antes nos era tan vedado hasta el punto que en la televisión podemos ver a una chica con un cuerpo descomunal, tendida en una hamaca, en bañador y aburridísima, coger su móvil y marcar cuatro números. El slogan: “¿Te gusta ligar?” Y como en nuestra sociedad (creada básicamente para el aburrimiento y el hastío) no faltan las personas con ganas de conocer a otras y así intercambiar sus mutuos tedios, cada vez hay más personas con teléfono móvil, cuya misión, la de ser teléfono, ha quedado ya para los libros de historia.

 

Con un ordenador uno podía prescindir de la antigua y mortífera (sobre todo cuando el dedo se te colaba entre las teclas al aumentar la velocidad) máquina de escribir. Pocas personas querían uno porque pocas personas escriben. Con la llegada de internet no hay idiota que no tenga en su casa un ordenador. El secreto del cambio está en los “chats” donde puedes contactar con gente sin tener que poner tu cuerpo pero, a su vez, haces partícipe al cuerpo, es una cosa rara, un estar sin estar, un ser sin identidad, como el móvil. La necesidad se ha convertido en vicio. Se ha prescindido de la parte molesta de esa necesidad para atender a lo que produce más necesidad todavía. De esta manera, los psicólogos y médicos en general ganan, las compañías de teléfono también y los gobiernos tienen perfectamente controlado a su pueblo (cámaras por la casa, programas que se llaman Ventanas y dan no sólo a tu cara, sino a tus pasiones, inclinaciones, gustos, intereses, planes, etc) Inocencia, inocencia: instálame la inteligencia artificial para que no me pierda, no para que sepan dónde me encuentro; dame un móvil  para comunicarme con mis amigos, no para delatar mi ubicación; dame un ordenador para hacer amigos, no para desvelar mis intimidades.

 

En el campo de la alimentación tenemos los fantásticos pollos que no son pollos de KFC. Originariamente, la C era por chicken, (“pollo” en inglés) Se les ha prohibido (“se”, impersonal, no sabemos quién) el uso de esa palabra por no coincidir con lo que entendemos por pollo. Ahora la C es simplemente C en el slogan: “Ven a comer a KFC” donde uno puede comer una sabrosa carne de algo llamado C untándolo con diversas salsas químicas “con sabor a” Lo mejor de esta oferta son las “alitas de pollo SIN hueso” ¿Quién le quita el hueso a las alitas? es la pregunta que nadie se hace porque estamos distraídos pensando: “Qué bien, una alita sin el hueso, con lo molesto que es cuando se me mete entre las caries” Tratemos de imaginarnos un pollo sin hueso en las alas y con las pechugas tan generosas que de ellas pueden salir dos docenas de gruesos filetes. El nombre de este animal es C, nuevo vocablo para asignar a algo que “pareciéndose a X es un veneno adictivo”

 

Así que no se trata de que no nos envenenemos, sino de que nos envenenemos con lo que más interesa para el avance de una enfermiza economía. Y para ello se están desarrollando avanzadísimos sistemas informativos, verdaderas cargas electrónicas que nos advierten del mal que nos han hecho, así como del bien que podemos elegir. Entre las posibles elecciones tenemos diversidad de adicciones: droga, máquinas de juego donde un policía (que es uno mismo neurotizado por un centro de mandos en la mano) matan a negros, hispanos e indocumentados (malos), bebidas refrescantes que por más que uno bebe ni se refresca ni puede dejar de beber, sexo, gimnasios (para que tengamos más oportunidades y nos quieran más), etc. Todo un abanico de bienestares, longevidad y felicidad al amparo de la democracia más salvaje de la historia: la democracia civilizada.

 

Juan Riquelme

 

 

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© Juan Riquelme, 2004